| El
exilio sin aureola |
El sufrimiento de cientos de miles que debieron salir
de Chile estuvo también marcado por el oportunismo,
el sectarismo e incluso la franca sinvergüenzura |
SI HUBIESE SIDO cierto lo que tantos declararon para sus
trámites de refugio o asilo, que, cual más cual
menos, habían estado “heroicamente en la defensa
del gobierno popular”, el contingente que se habría
podido juntar habría dado un tumbo a la historia.
Mas, no fue así. Entre verdades dolorosas y una importante
cuota de fantasía colectiva, los chilenos, a partir
de 1973, fueron dando evidencias de estar en situación
de shock, pero al mismo tiempo de bastante agudeza para percibir
nuevos escenarios y adecuarse rápidamente a ellos.
Quizá duela plantear descarnadamente el trasfondo
del exilio. Pero es necesario si se busca sincerar la comunicación
con los jóvenes de hoy.
La negación del derecho natural a vivir o morir en
la tierra que se reconoce como suelo patrio constituyó
una decisión perversa. Una medida deleznable, un estigma
en la convivencia que dividió a Chile en un mosaico
de Chiles repartidos por las barriadas de Europa, Buenos Aires,
Canadá, México o Australia.
Sin embargo, una lectura más fría y objetiva,
planteada con una cercanía vivencial a los hechos comentados,
nos haría revisar la forma en que se fue dando el fenómeno
del exilio, más allá del repudio conceptual
y moral que éste implica, adentrándonos en la
idiosincrasia del chileno que, de pronto, se vio catapultado
a culturas diferentes, a medios en donde la palabra se respeta,
en donde se practica la buena fe. Se trataba, por otra parte,
de sociedades intrínsecamente protectoras, a partir
de la concepción misma del Estado, que tendieron programas
atractivos de inserción para los exiliados chilenos,
uruguayos o argentinos. Anfitriones que, a poco andar y curados
de espanto frente a las frescuras de los latinos revolucionarios,
fueron lentamente cerrando las puertas y procurando finalmente
medidas para que de alguna manera esos refugiados volvieran
a sus respectivos países.
¿Cómo se fueron perfilando las relaciones de
los exiliados con los que se quedaron en Chile? ¿Cómo,
luego de recuperada la institucionalidad democrática,
se asumió el problema de los retornados? ¿En
qué momento derivó el proceso de compensación
moral para esos compatriotas excluidos, hacia una desacertada
medida economicista, que terminó siendo usada para
beneficio de personas que traficaron con la franquicia otorgada
a los que regresaban?
OPORTUNISMO Y SECTARISMO
Mucho habría que decir de la solidaridad con que el
mundo acogió a los primeros exiliados políticos
chilenos. Jamás se terminaría de agradecer las
vidas salvadas por la bonhomía de personas que se jugaron
por ayudar a quienes estaban perseguidos. La historia quizás
dé cuenta de gestos de solidaridad de personas que
estaban en trincheras ideológicas opuestas, pero que
fueron capaces, al momento crucial, de privilegiar valores
profundos de humanismo.
La otra cara del exilio, de la cual poco se habla oficialmente,
pero que casi toda familia chilena conoció de cerca,
es reconocer francamente la actitud oportunista - lo que no
quiere decir que no haya sido comprensible- de miles de chilenos
que hicieron del exilio una buena chance de buscar nuevas
expectativas económicas y sociales.
La inserción en las sociedades que los acogían
fue fácil. Sobre todo para los primeros en salir o
que fueran expulsados. Ellos se vieron favorecidos por programas
de apoyo, de reunión familiar, de reinserción,
posibilidades de seguir estudiando o de ejercer profesiones
que tenían en Chile. Sin embargo, en la mayoría
de ellos no estaba el ánimo de quedarse. Cada noche
esperaban una noticia milagrosa que les permitiera volver.
Para ellos todo el período fue un interminable paréntesis
de 15 años, que vivieron con las maletas preparadas
para el retorno. Mientras tanto, la familia crecía,
hijos que por sangre tenían derecho a doble nacionalidad,
al no haber sido inscritos en los consulados chilenos, se
fueron quedando como extranjeros, adoptando por el peso de
los acontecimientos su nueva pertenencia, mientras los padres
o abuelos seguían clavados a un once de septiembre
de 1973.
Fuera del país, se repitieron los moldes de convivencia
que imperaban en los setenta: grupos de poder, partidos políticos
que competían para ser vanguardia en la recuperación
democrática, lo cual se traducía en canalización
de recursos hacia las respectivas tiendas políticas.
Parcelas de poder por doquier, círculos cerrados, sectarismo.
En términos generales, en el exilio hubo élites
y masa: la dirigencia y los líderes integraban las
primeras, que se codeaban con la flor y nata de la clase política
e intelectual de Europa. La gran mayoría se agrupaba
en ghettos y usaba hasta donde se pudiera la seguridad social
espléndida de algunos países del viejo continente
y tras haber claudicado las más de las veces de sus
parejas originales mantenía como barniz muy tenue la
condición de exiliado político. En las personas
que salían del país existía un estilo
de relación muy condicionado a la obtención
de ayuda. Los programas de apoyo eran generosos y los usuarios
los asumían muchas veces como si la sociedad que solidariamente
los acogía tuviese la obligación de protegerlos,
cual si fuese el pago de una deuda del sistema por su situación
de refugiados. No es exagerado que el chileno al salir vivió
una transformación; uno de sus elementos fue el manejo
superficial y manipulador de las relaciones humanas.
Poco a poco dichas facilidades se fueron ajustando, pero
las condiciones de cesantía e inseguridad económica
que vivió el país en los ochenta motivó
nuevas oleadas de refugiados, con un estilo diferente. En
las migraciones de los ochenta se agudizó el exilio
económico de supervivencia. Ya no era el dirigente
estudiantil universitario el que se asilaba, era el poblador,
el zapatero remendón del barrio, que se conseguía
las cartas que lo acreditaran como perseguido por el régimen
militar. Ese poblador recompuso fuera de Chile su barrio,
reconstruyó relaciones con sus amigos de club, se los
llevó a todos y se reimplantó ese pedazo de
Chile, con espíritu tribal, lejos de ideologismos,
practicando una solidaridad bastante más abierta que
la de los exiliados por motivos políticos.
Chile Democrático mantiene una deuda histórica
con los países que acogieron solidariamente a quienes
emigraron durante el período militar. Sería
un gesto de nobleza que quienes echaron raíces en países
extranjeros durante ese largo período pudieran organizar
acciones de reconocimiento hacia esas naciones, principalmente
en orden a profundizar las relaciones culturales bilaterales,
para un acercamiento que ha quedado pendiente. La transculturización
no fue asunto teórico. Dejó llagas en los espíritus,
dejó hijos sin sentido de pertenencia, familias desgajadas.
PILLERÍAS Y SINVERGÜENZURA
Pero también la falta de valores éticos hizo
que bajo la excusa de captar ayuda para la lucha por la recuperación
democrática, muchos desalmados se aprovecharan de esas
corrientes de ayuda para beneficio propio. A fines de los
ochenta, creo que hubo muchos que en su íntimo interés
hubiesen querido que se extendiera la dictadura de Pinochet
hasta fines del siglo XX.
No porque estemos recordando con nostalgia los 30 años del
golpe militar nos vamos a convertir en ingenuos. Las conductas egoístas,
ventajistas y corruptas se dieron más de lo que se piensa
en torno al drama del exilio. Y de esto no hay aún una evaluación
seria que sincere estas oscuras situaciones.
hnarbonaveliz@yahoo.com
(25/08/03)