Tolle lege
El ejemplo de los Santos
El relato que San Simpliciano le había hecho
de la conversión de Victorino, el profesor romano neoplatónico, le impresionó
profundamente. Poco después, Agustín y su amigo Alipio recibieron la visita de
Ponticiano, un africano. Viendo las epístolas de San Pablo sobre la mesa de Agustín,
Ponticiano les habló de la vida de San Antonio y quedó muy sorprendido al enterarse de
que no conocían al santo. Después les refirió la historia de dos hombres que se habían
convertido por la lectura de la vida de San Antonio. Las palabras de Ponticiano
conmovieron mucho a Agustín, quien vio con perfecta claridad las deformidades y manchas
de su alma. En sus precedentes intentos de conversión Agustín había pedido a Dios la
gracia de la continencia, pero con cierto temor de que se la concediese demasiado pronto:
"En la aurora de mi juventud, te había yo pedido la castidad, pero sólo a medias,
porque soy un miserable. Te decía yo, pues: 'Concédeme la gracia de la castidad, pero
todavía no'; porque tenía yo miedo de que me escuchases demasiado pronto y me librases
de esa enfermedad y lo que yo quería era que mi lujuria se viese satisfecha y no
extinguida". Avergonzado de haber sido tan débil hasta entonces, Agustín dijo a
Alipio en cuanto partió Ponticiano: "¿Qué estamos haciendo? Los ignorantes
arrebatan el Reino de los Cielos y nosotros, con toda nuestra ciencia, nos quedamos atrás
cobardemente, revolcándonos en el pecado. Tenemos vergüenza de seguir el camino por el
que los ignorantes nos han precedido, cuando por el contrario, deberíamos avergonzarnos
de no avanzar por él".
Gracia divina que todo lo puede
Agustín se levantó y salió al jardín.
Alipio le siguió, sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron en el
rincón más alejado de la casa. Agustín era presa de un violento conflicto interior,
desgarrado entre el llamado del Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de
sus excesos. Y Levantándose del sitio en que se hallaba sentado, fue a tenderse bajo un
árbol, clamando: "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre airado? ¡Olvida
mis antiguos pecados!" Y se repetía con gran aflicción: "¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no voy a poner fin a mis
iniquidades en este momento?" En tanto que se repetía esto y lloraba amargamente,
oyó la voz de un niño que cantaba en la casa vecina una canción que decía: "Tolle
lege, tolle lege" (Toma y lee, toma y lee). Agustín empezó a preguntarse si los
niños acostumbraban repetir esas palabras en algún juego, pero no pudo recordar ninguno
en el que esto sucediese. Entonces le vino a la memoria que San Antonio se había
convertido al oír la lectura de un pasaje del Evangelio. Interpretó pues, las palabras
del niño como una señal del cielo, dejó de llorar y se dirigió al sitio en que se
hallaba Alipio con el libro de las Epístolas de San Pablo. Inmediatamente lo abrió y
leyó en silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: "No en las riñas
y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia:
poneos en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia". Ese
texto hizo desaparecer las últimas dudas de Agustín, que cerró el libro y relató
serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio leyó entonces el siguiente versículo de
San Pablo: "Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe". Aplicándose el
texto a sí mismo, siguió a Agustín en la conversión. Ambos se dirigieron al punto a
narrar lo sucedido a Santa Mónica, la cual alabó a Dios "que es capaz de colmar
nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable". La escena que acabamos
de referir tuvo lugar en septiembre de 386, cuando Agustín tenía treinta y dos años.
De la biografía de San Agustín de Hipona.
http://www.corazones.org/santos/agustin.htm