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Este señor es un DBA Oracle que es catolico, por lo tanto cree
en el Credo de Nicea, cree en la sucesion apostolica y en el
papado de Pedro en Roma.
OCP8i, estudia para OCP10g.
MCT, Microsoft Certified Trainer
Ha realizado clases en New Horizons, IT Training y hace consultoria
en variadas empresas de Chile y el extranjero.
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This gentleman is a DBA Oracle that is a catholic member,
therefore believes in the Creed of Nicea, believes in the
apostholican succession and the Papaid one (and only) of Peter
in Rome. OCP8i, studies for OCP10g. MCT, Microsoft Certified Trainer has made classes in New Horizons, IT Training and does
consulting in varied companies of Chile and the foreigner.
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El valor de la humildad
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El valor de la Humildad
La humildad nos acerca a Dios y nos hace apreciar nuestra
realidad frente a la grandeza Divina. Conoce cómo vivir a fondo esta virtud.
Por Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal
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I. Narra San Mateo en el Evangelio de la Misa (1) que Jesús se retiró con sus discípulos
a tierras de gentiles, en la región de Tiro y de Sidón. Allí se le acercó una
mujer que, a grandes gritos, imploraba: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de
mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio.” Jesús la oyó y no
contestó nada. Comenta San Agustín que no le hacía caso precisamente porque
sabía lo que ele tenía reservado: no callaba para negarle el beneficio, sino
para que lo mereciera ella con su perseverancia humilde (2).
La mujer debió de insistir largo rato, de tal manera que los discípulos,
cansados de tanto empeño, dijeron al Maestro: Atiéndela y que se vaya, pues
viene gritando detrás de nosotros. El Señor le explicó entonces que Él había
venido a predicar en primer lugar a los judíos. Pero la mujer, a pesar de
esta negativa, se acercó y se postró ante Jesús, diciendo: “¡Señor, ayúdame!”
Ante la perseverante insistencia de la mujer cananea, el Señor le repitió las
mismas razones con una imagen que ella comprendió enseguida: “No está bien
tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.” Le dice de nuevo que
ha sido enviado primero a los hijos de Israel y que no debe preferir a los
paganos. El gesto amable y acogedor de Jesús, el tono de sus palabras,
quitarían completamente cualquier tono hiriente a la expresión. Las palabras
de Jesús llenaron aún más de confianza a la mujer, quien, con gran humildad,
dijo “Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que
caen de las mesas de sus amos.” Reconoció la verdad de su situación, “Confesó
que eran señores suyos aquellos a quienes Él había llamado hijos.”(3) El
mismo San Agustín señala que aquella mujer “fue transformada por la humildad
y mereció sentarse a la mesa con los hijos (4). Conquistó el corazón de Dios,
recibió el don que pretendía y una gran alabanza de del Maestro: “¡Oh mujer,
grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sanada su hija en aquel
instante.” Seria seguramente más tarde una de las primeras mujeres gentiles
que abrazaron la fe, y siempre conservaría en su corazón el agradecimiento y
el amor al Señor.
Nosotros, que nos encontramos lejos de la fe y de la humildad de esta mujer,
le pedimos con fervor al maestro: ”Buen Jesús: si he de ser apóstol, es
preciso que me hagas muy humilde.
El sol envuelve de luz cuanto toca: Señor, lléname de tu caridad, endiósame:
que yo me identifique con tu Voluntad adorable, para convertirme en el
instrumento que deseas... Dame tu locura de humillación: la que te llevó a
nacer pobre, al trabajo sin brillo, a la infamia de morir cosido con hierros
a un leño, al anonadamiento del Sagrario.
-Que me conozca: que me conozca que te conozca. Así jamás perderé de vista mi
nada”(5). Solo así podré seguirte como Tú quieres y como yo quiero: con una
fe grande, con un amor hondo, sin condición alguna.
II. Se cuenta en la vida de San Antonio Abad que Dios le hizo ver el mundo
sembrado de los lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los
hombres. El santo, después de esta visión, quedó lleno de espanto, y
preguntó: “Señor, ¿Quién podrá escapar de tantos lazos?”. Y oyó una voz que
le contestaba: “antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la
gracia necesaria, mientras los soberbios van cayendo en todas las trampas que
el demonio les tiende; mas a las personas humildes el demonio no se atreve a
atacarlas.”
Nosotros, sí queremos servir al Señor, hemos de desear y pedirle con
insistencia la virtud de la humildad. Nos ayudará a desearla de verdad el
tener siempre presente que el pecado capital opuesto, la soberbia, es lo más
contrario a la vocación que hemos recibido del Señor, lo que más daño hace a
la vida familiar, a la amistad, lo que más se opone a la verdadera
felicidad... Es el principal apoyo con que cuenta el demonio en nuestra alma
para intentar destruir la obra que el Espíritu Santo trata incesantemente de
edificar.
Con todo, la virtud de la humildad no consiste sólo en rechazar los
movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. De hecho, ni Jesús ni
su Santísima Madre experimentaron movimiento alguno de soberbia y, sin
embargo, tuvieron la virtud de la humildad en grado sumo. La palabra humildad
tiene su origen en la latina humus, tierra; humilde, en su etimología,
significa inclinado hacia la tierra; la virtud de la humildad consiste en
inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas (6).
En la práctica, nos lleva a reconocer nuestra inferioridad, nuestra pequeñez
e indigencia ante Dios. Los santos sienten una alegría muy grande en
anonadarse delante de Dios y en reconocer que sólo Él es grande, y que en
comparación con la suya, todas las grandezas humanas están vacías y no son
sino mentira.
La humildad se fundamenta en la verdad (7), sobre todo en esta gran verdad:
es infinita la distancia entre la criatura y el Creador. Por eso,
frecuentemente hemos de detenernos para tratar de persuadirnos de que todo lo
bueno que hay en nosotros es de Dios, todo el bien que hacemos ha sido
sugerido e impulsado por Él, y nos ha dado la gracia para llevarlo a cabo. No
decimos ni una sola jaculatoria si no es por el impulso y la gracia del
Espíritu Santo(8); lo nuestro es la deficiencia, el pecado, los egoísmos.
“Estas miserias son inferiores a la misma nada, porque son un desorden y
reducen a nuestra alma a un estado de abyección verdaderamente deplorable”
(9). L gracia, por el contrario, hace que los mismos ángeles se asombren al
contemplar un alma resplandeciente por este don divino.
La mujer cananea no se sintió humillada ante la comparación de Jesús,
señalándole la diferencia entre los judíos y los paganos; era humilde y sabía
su lugar frene al pueblo elegido; porque fue humilde, no tuvo inconveniente
en perseverar a pesar de haber sido aparentemente rechazada, en postrarse
ante Jesús... Por su humildad, su audacia y su perseverancia tuvo una gracia
tan grande. Nada tiene que ver la humildad con la timidez, la pusilanimidad o
con una vida mediocre y sin aspiraciones. La humildad descubre que todo lo
bueno que existe en nosotros, tanto en el orden de la naturaleza como en el
orden de la gracia, pertenece a dios, porque de su plenitud hemos recibido
todos (10); y tanto don nos mueve al agradecimiento.
III. “A la pregunta ‘¿cómo he de llegar a la humildad?’ corresponde la
contestación inmediata: “Por la gracia de Dios” (...). Solamente la gracia de
dios puede darnos la visión clara de nuestra propia condición y la conciencia
de su grandeza que origina la humildad” (11). Por eso hemos de desearla y
pedirla incesantemente, convencidos de que con esta virtud amaremos a dios y
seremos capaces de grandes empresas a pesar de nuestras flaquezas...
Junto a la petición, hemos de aceptar las humillaciones, normalmente
pequeñas, que surgen cada día por motivos tan diversos: en la realización del
propio trabajo, en la convivencia con los demás, al notar las flaquezas, al
ver las equivocaciones que cometemos, grandes y pequeñas. De Santo Tomás de
Aquino se cuenta que un día fue corregido por una supuesta falta de gramática
mientras leía; la corrigió según lo indicaban. Luego, sus compañeros le
preguntaron por qué la había corregido si él mismo sabía que era correcto el
texto tal como lo había leído. Y el Santo contestó: “Vale más delante de Dios
una falta de gramática, que otra de obediencia y de humildad”. Andamos el
camino de la humildad cuando aceptamos las humillaciones, pequeñas y grandes,
y cuando aceptamos los propios defectos procurando luchar con ellos.
Quien es humilde no necesita demasiadas alabanzas y elogios en su tarea,
porque su esperanza está puesta en el Señor; y Él es, de modo real y
verdadero, la fuente d e todos sus bienes y su felicidad: es Él quien da
sentido a todo lo que hace. “Una de las razones por las que los hombres son
tan propensos a alabarse, a sobreestimar su propio valor y sus propios
poderes, a resentirse de cualquier cosa que tienda a rebajarlos en su propia
estima o en la de otros, es porque no ven más esperanza para su felicidad que
ellos mismo. Por esto son a menudo tan susceptibles, tan resentidos cuando
son criticados, tan molestos para quien les contradice, tan insistentes en
salirse con la suya, tan ávidos de ser conocidos, tan ansiosos de alabanza,
tan determinados a gobernar su medio ambiente. Se afianzan en sí mismos como
el náufrago e sujeta a una paja. Y la vida prosigue, y cada vez están más
lejos de la felicidad...” (12).
Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas; y si llegan
procura enderezarlos a la gloria de Dios, Autor de todo bien. La humildad se
manifiesta no tanto en el desprecio como en el olvido de sí mismo,
reconociendo con alegría que no tenemos nada que no hayamos recibido, y nos
lleva a sentiremos hijos pequeños de Dios que encuentran toda la firmeza en
la mano fuerte de su Padre.
Aprendemos a ser humildes meditando la Pasión de Nuestro Señor, considerando su
grandeza ante tanta humillación, el dejarse hacer “como cordero llevado al
matadero”, según había sido profetizado (13), su humildad en la Sagrada Eucaristía,
donde espera que vayamos a verle y hablarle, dispuesto a ser recibido por
quien se acerque al Banquete que cada día preparar para nosotros, su
paciencia ante tantas ofensas... Aprenderemos a caminar por este sendero si
nos fijamos en María, la
Esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo que el de
hacer la voluntad de dios. también acudimos a San José, que empleó su vida en
servir a Jesús y a María, llevando a cabo la tarea que Dios le había
encomendado.
1. Mt 15, 21-28
2. Cfr. San Agustín, Sermòn 154
A,4
3. Idem. Sermòn 50 A,
2-4
4 Ibídem
5 J. Escrivá de Balaguer, Surco n. 273
6 Cfr. R Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. II, p.
670
7 Santa Teresa, Las Moradas, VI, 10
8 cfr. I Cor 12,3
9 R. Garrigou Lagrange, o. c., vol. II p. 674
10 Cfr 1 Cor 1,4
11. E. Boylan, El amor supremo, Vol. II p. 81
12. Ibìdem, p. 82
13 Is 53, 7
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Autor: P. Antonio Rivero, L.C.
La humildad y su importancia
¿Dónde reside la importancia de la humildad? ¿Cómo contrarrestar la soberbia,
el orgullo y la vanidad? El P. Antonio Rivero nos responde.
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La humildad y su
importancia
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I. NATURALEZA E IMPORTANCIA DE LA
HUMILDAD
La humildad es una virtud derivada de la templanza,
porque modera el apetito que tenemos de la propia excelencia.
Es una virtud que no conocieron los paganos; para éstos
humildad significaba algo vil, abyecto, servil e innoble. No acontecía lo
mismo entre los judíos: iluminados por la fe, los mejores de entre ellos, los
justos, conociendo hondamente su nada y su miseria, recibían con paciencia la
tribulación como un medio de expiación. Dios entonces se inclinaba propicio
hacia ellos para remediarlos; gustaba de escuchas sus oraciones y perdonaba
al pecador contrito y humillado. Para nosotros cristianos esta virtud es más
comprensible, dado que tenemos el ejemplo luminoso de Cristo.
Definamos la humildad como la virtud que por medio del
conocimiento exacto de nosotros mismos, nos inclina a estimarnos justamente
en lo que valemos, y a procurar para nosotros la obscuridad y el menosprecio.
Santa Teresa dice que la humildad es andar en verdad. Nuestro Padre nos dice
en el número 44 de los Estatutos del Movimiento que es la virtud que nos
coloca en la verdad de nosotros mismos y de nuestras relaciones con Dios y
con los demás. Textualmente dice así: “Recuerden que todo progreso en el
conocimiento y en la experiencia de Cristo está relacionado con ella, pues,
mientras más humildes y más vacíos se encuentren de sí mismos, serán más
justos y más semejantes a Cristo que siendo Dios se humilló hasta la muerte
de cruz, más llenos de Dios, fuente inagotable de santidad, y más abiertos,
generosos y comprensivos con los hombres. Recuerden, finalmente, que la
fecundidad apostólica depende del poder de Cristo, y no tanto de las propias
cualidades, aptitudes o esfuerzos, ya que sin Él nada podemos hacer en el
orden de la gracia”.
¿Dónde reside su importancia? Para ser santos, crecer
en las virtudes y tener fecundidad apostólica necesitamos de la humildad.
Para contrarrestar la soberbia, el orgullo y la vanidad, tendencias que todos
llevamos dentro, por culpa del pecado original, nada mejor que trabajar en la
humildad. Dios al humilde da su gracia, al soberbio lo rechaza.
II. FUNDAMENTO
La humildad se funda en dos cosas: en la verdad y en la
justicia. La verdad por la que nos conocemos como somos; la justicia, que nos
inclina a tratarnos según ese conocimiento.
Para conocernos a nosotros mismos, dice santo Tomás, es
menester ver lo que en nosotros hay de Dios, y lo que hay nuestro. Todo lo
bueno que hay en nosotros procede de Dios y es suyo. Todo lo malo o
defectuoso, procede de nosotros (IIa IIae, q. 161, a.3).
La justicia exige, pues, imperiosamente que se dé a
Dios, y a nadie más, toda la honra y la gloria.
Es verdad que hay algo bueno en nosotros, que es nuestro
ser natural, y, sobre todo, los dones sobrenaturales. Ni la humildad nos
quita de verlos y admirarlos; pero, así como al alabar un cuadro la alabanza
no es para el lienzo, sino para el pintor que lo pintó, así también, todo lo
bueno que hay en nosotros se debe a Dios.
Dado que somos pecadores, tenemos más motivos para
humillarnos que para alabarnos.
III. GRADOS DE HUMILDAD
San Benito tiene doce grados de humildad:
1. El temor de Dios, presente siempre a los ojos de
nuestra alma, y que nos mueve a la guarda de los mandamientos.
2. La obediencia a la voluntad de Dios.
3. La obediencia a nuestros superiores por amor a Dios.
4. El sufrir con paciencia las injurias sin quejarnos.
5. La declaración de las faltas secretas, incluso las
de pensamiento, al superior, fuera de la confesión sacramental.
6. Aceptar de corazón todas las privaciones y oficios
más humildes.
7. Tenerse sinceramente y de corazón por el último de
todos los hombres.
8. El evitar la singularidad.
9. El silencio, y el no hablar, si no somos
preguntados.
10. El recato en el reír.
11. El recato en el hablar.
12. La modestia en el porte exterior: caminar, estar
sentado, mirar.
San Ignacio tiene tres grados:
1. Cumplir los mandamientos y evitar el pecado mortal.
2. Indiferencia a lo que me venga, sin preferir más
riqueza que pobreza, salud que enfermedad, éxito o fracaso, vida larga que
corta, tratando de evitar el pecado venial.
3. Imitar y parecerme a Cristo, eligiendo más la
pobreza que la riqueza, oprobios que alabanzas, etc.
IV. LA HUMILDAD Y LAS DEMÁS VIRTUDES
Considerada en sí misma, la humildad es inferior a las
virtudes teologales, que tienen a Dios por objeto directo. Inferior también a
algunas virtudes morales, como la prudencia, la religión, la justicia.
Pero si se considera la humildad en cuanto llave que
nos abre los tesoros de la gracia y el fundamento de las virtudes, es, en
opinión de los santos, una de las virtudes más excelentes.
Sin humildad no habría virtudes sólidas. Con ella,
todas las virtudes arraigan y se hacen perfectas.
o La humildad hace nuestra fe más pronta y fácil, más
firme y clara.
o El humilde pone en Dios toda su esperanza, porque
desconfía de sí mismo.
o La caridad la practican los humildes.
o Los humildes gustan de reflexionar con prudencia.
o La justicia no puede practicarse sin la humildad,
porque el soberbio exagera sus derechos con detrimento de los del prójimo.
o La templanza y la castidad suponen la humildad.
o La mansedumbre y la paciencia no pueden practicarse,
si no nos abrazamos con las humillaciones.
San Agustín dice: “¿Quieres ser grande? Comienza por se
pequeño. ¿Quieres levantar un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa
primeramente en poner de fundamento la humildad.
V. CAMPOS DE LA HUMILDAD
1. Para con Dios: reconociéndome como creatura
necesitada, creada para servir a Dios, darle gloria.
2. Para con los superiores: aceptando los consejos,
correcciones, y dependiendo de ellos.
3. Para con los demás: buscando servir, valorar a los
demás, felicitarles por sus logros y reconocer su competencia en su campo
respectivo.
CONCLUSIÓN
Seamos humildes servidores de todos, obrando con tanta
sencillez que arrastremos a los demás, con nuestro ejemplo, a alabar y
glorificar a Dios. Ante los progresos obtenidos en el camino de la santidad,
y los logros en el desempeño de la misión encomendada, sigamos el ejemplo de
María, descubriendo en ellos la obra del Todopoderoso, y no olvidemos las
palabras de Cristo: “Cuando hiciereis estas cosas que os están mandadas,
decid: “Siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer, eso hicimos!
(Lucas 17,10).
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