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Jorge_Acevedo  
Este señor es un DBA Oracle que es catolico, por lo tanto cree en el Credo de Nicea, cree en la sucesion apostolica y en el papado de Pedro en Roma. OCP8i, estudia para OCP10g. MCT, Microsoft Certified Trainer Ha realizado clases en New Horizons, IT Training y hace consultoria en variadas empresas de Chile y el extranjero. --- This gentleman is a DBA Oracle that is a catholic member, therefore believes in the Creed of Nicea, believes in the apostholican succession and the Papaid one (and only) of Peter in Rome. OCP8i, studies for OCP10g. MCT, Microsoft Certified Trainer has made classes in New Horizons, IT Training and does consulting in varied companies of Chile and the foreigner.

El valor de la humildad

El valor de la Humildad
La humildad nos acerca a Dios y nos hace apreciar nuestra realidad frente a la grandeza Divina. Conoce cómo vivir a fondo esta virtud.
Por Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal

 

I. Narra San Mateo en el Evangelio de la Misa (1) que Jesús se retiró con sus discípulos a tierras de gentiles, en la región de Tiro y de Sidón. Allí se le acercó una mujer que, a grandes gritos, imploraba: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio.” Jesús la oyó y no contestó nada. Comenta San Agustín que no le hacía caso precisamente porque sabía lo que ele tenía reservado: no callaba para negarle el beneficio, sino para que lo mereciera ella con su perseverancia humilde (2).

La mujer debió de insistir largo rato, de tal manera que los discípulos, cansados de tanto empeño, dijeron al Maestro: Atiéndela y que se vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. El Señor le explicó entonces que Él había venido a predicar en primer lugar a los judíos. Pero la mujer, a pesar de esta negativa, se acercó y se postró ante Jesús, diciendo: “¡Señor, ayúdame!”

Ante la perseverante insistencia de la mujer cananea, el Señor le repitió las mismas razones con una imagen que ella comprendió enseguida: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.” Le dice de nuevo que ha sido enviado primero a los hijos de Israel y que no debe preferir a los paganos. El gesto amable y acogedor de Jesús, el tono de sus palabras, quitarían completamente cualquier tono hiriente a la expresión. Las palabras de Jesús llenaron aún más de confianza a la mujer, quien, con gran humildad, dijo “Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos.” Reconoció la verdad de su situación, “Confesó que eran señores suyos aquellos a quienes Él había llamado hijos.”(3) El mismo San Agustín señala que aquella mujer “fue transformada por la humildad y mereció sentarse a la mesa con los hijos (4). Conquistó el corazón de Dios, recibió el don que pretendía y una gran alabanza de del Maestro: “¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sanada su hija en aquel instante.” Seria seguramente más tarde una de las primeras mujeres gentiles que abrazaron la fe, y siempre conservaría en su corazón el agradecimiento y el amor al Señor.

Nosotros, que nos encontramos lejos de la fe y de la humildad de esta mujer, le pedimos con fervor al maestro: ”Buen Jesús: si he de ser apóstol, es preciso que me hagas muy humilde.
El sol envuelve de luz cuanto toca: Señor, lléname de tu caridad, endiósame: que yo me identifique con tu Voluntad adorable, para convertirme en el instrumento que deseas... Dame tu locura de humillación: la que te llevó a nacer pobre, al trabajo sin brillo, a la infamia de morir cosido con hierros a un leño, al anonadamiento del Sagrario.

-Que me conozca: que me conozca que te conozca. Así jamás perderé de vista mi nada”(5). Solo así podré seguirte como Tú quieres y como yo quiero: con una fe grande, con un amor hondo, sin condición alguna.

II. Se cuenta en la vida de San Antonio Abad que Dios le hizo ver el mundo sembrado de los lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los hombres. El santo, después de esta visión, quedó lleno de espanto, y preguntó: “Señor, ¿Quién podrá escapar de tantos lazos?”. Y oyó una voz que le contestaba: “antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria, mientras los soberbios van cayendo en todas las trampas que el demonio les tiende; mas a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas.”

Nosotros, sí queremos servir al Señor, hemos de desear y pedirle con insistencia la virtud de la humildad. Nos ayudará a desearla de verdad el tener siempre presente que el pecado capital opuesto, la soberbia, es lo más contrario a la vocación que hemos recibido del Señor, lo que más daño hace a la vida familiar, a la amistad, lo que más se opone a la verdadera felicidad... Es el principal apoyo con que cuenta el demonio en nuestra alma para intentar destruir la obra que el Espíritu Santo trata incesantemente de edificar.

Con todo, la virtud de la humildad no consiste sólo en rechazar los movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. De hecho, ni Jesús ni su Santísima Madre experimentaron movimiento alguno de soberbia y, sin embargo, tuvieron la virtud de la humildad en grado sumo. La palabra humildad tiene su origen en la latina humus, tierra; humilde, en su etimología, significa inclinado hacia la tierra; la virtud de la humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas (6). En la práctica, nos lleva a reconocer nuestra inferioridad, nuestra pequeñez e indigencia ante Dios. Los santos sienten una alegría muy grande en anonadarse delante de Dios y en reconocer que sólo Él es grande, y que en comparación con la suya, todas las grandezas humanas están vacías y no son sino mentira.

La humildad se fundamenta en la verdad (7), sobre todo en esta gran verdad: es infinita la distancia entre la criatura y el Creador. Por eso, frecuentemente hemos de detenernos para tratar de persuadirnos de que todo lo bueno que hay en nosotros es de Dios, todo el bien que hacemos ha sido sugerido e impulsado por Él, y nos ha dado la gracia para llevarlo a cabo. No decimos ni una sola jaculatoria si no es por el impulso y la gracia del Espíritu Santo(8); lo nuestro es la deficiencia, el pecado, los egoísmos. “Estas miserias son inferiores a la misma nada, porque son un desorden y reducen a nuestra alma a un estado de abyección verdaderamente deplorable” (9). L gracia, por el contrario, hace que los mismos ángeles se asombren al contemplar un alma resplandeciente por este don divino.

La mujer cananea no se sintió humillada ante la comparación de Jesús, señalándole la diferencia entre los judíos y los paganos; era humilde y sabía su lugar frene al pueblo elegido; porque fue humilde, no tuvo inconveniente en perseverar a pesar de haber sido aparentemente rechazada, en postrarse ante Jesús... Por su humildad, su audacia y su perseverancia tuvo una gracia tan grande. Nada tiene que ver la humildad con la timidez, la pusilanimidad o con una vida mediocre y sin aspiraciones. La humildad descubre que todo lo bueno que existe en nosotros, tanto en el orden de la naturaleza como en el orden de la gracia, pertenece a dios, porque de su plenitud hemos recibido todos (10); y tanto don nos mueve al agradecimiento.

III. “A la pregunta ‘¿cómo he de llegar a la humildad?’ corresponde la contestación inmediata: “Por la gracia de Dios” (...). Solamente la gracia de dios puede darnos la visión clara de nuestra propia condición y la conciencia de su grandeza que origina la humildad” (11). Por eso hemos de desearla y pedirla incesantemente, convencidos de que con esta virtud amaremos a dios y seremos capaces de grandes empresas a pesar de nuestras flaquezas...

Junto a la petición, hemos de aceptar las humillaciones, normalmente pequeñas, que surgen cada día por motivos tan diversos: en la realización del propio trabajo, en la convivencia con los demás, al notar las flaquezas, al ver las equivocaciones que cometemos, grandes y pequeñas. De Santo Tomás de Aquino se cuenta que un día fue corregido por una supuesta falta de gramática mientras leía; la corrigió según lo indicaban. Luego, sus compañeros le preguntaron por qué la había corregido si él mismo sabía que era correcto el texto tal como lo había leído. Y el Santo contestó: “Vale más delante de Dios una falta de gramática, que otra de obediencia y de humildad”. Andamos el camino de la humildad cuando aceptamos las humillaciones, pequeñas y grandes, y cuando aceptamos los propios defectos procurando luchar con ellos.

Quien es humilde no necesita demasiadas alabanzas y elogios en su tarea, porque su esperanza está puesta en el Señor; y Él es, de modo real y verdadero, la fuente d e todos sus bienes y su felicidad: es Él quien da sentido a todo lo que hace. “Una de las razones por las que los hombres son tan propensos a alabarse, a sobreestimar su propio valor y sus propios poderes, a resentirse de cualquier cosa que tienda a rebajarlos en su propia estima o en la de otros, es porque no ven más esperanza para su felicidad que ellos mismo. Por esto son a menudo tan susceptibles, tan resentidos cuando son criticados, tan molestos para quien les contradice, tan insistentes en salirse con la suya, tan ávidos de ser conocidos, tan ansiosos de alabanza, tan determinados a gobernar su medio ambiente. Se afianzan en sí mismos como el náufrago e sujeta a una paja. Y la vida prosigue, y cada vez están más lejos de la felicidad...” (12).

Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas; y si llegan procura enderezarlos a la gloria de Dios, Autor de todo bien. La humildad se manifiesta no tanto en el desprecio como en el olvido de sí mismo, reconociendo con alegría que no tenemos nada que no hayamos recibido, y nos lleva a sentiremos hijos pequeños de Dios que encuentran toda la firmeza en la mano fuerte de su Padre.

Aprendemos a ser humildes meditando la Pasión de Nuestro Señor, considerando su grandeza ante tanta humillación, el dejarse hacer “como cordero llevado al matadero”, según había sido profetizado (13), su humildad en la Sagrada Eucaristía, donde espera que vayamos a verle y hablarle, dispuesto a ser recibido por quien se acerque al Banquete que cada día preparar para nosotros, su paciencia ante tantas ofensas... Aprenderemos a caminar por este sendero si nos fijamos en María, la Esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo que el de hacer la voluntad de dios. también acudimos a San José, que empleó su vida en servir a Jesús y a María, llevando a cabo la tarea que Dios le había encomendado.

1. Mt 15, 21-28
2. Cfr. San Agustín, Sermòn 154 A,4
3. Idem. Sermòn 50 A, 2-4
4 Ibídem
5 J. Escrivá de Balaguer, Surco n. 273
6 Cfr. R Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. II, p. 670
7 Santa Teresa, Las Moradas, VI, 10
8 cfr. I Cor 12,3
9 R. Garrigou Lagrange, o. c., vol. II p. 674
10 Cfr 1 Cor 1,4
11. E. Boylan, El amor supremo, Vol. II p. 81
12. Ibìdem, p. 82
13 Is 53, 7

 

 


 

Autor: P. Antonio Rivero, L.C.
La humildad y su importancia ¿Dónde reside la importancia de la humildad? ¿Cómo contrarrestar la soberbia, el orgullo y la vanidad? El P. Antonio Rivero nos responde.  

La humildad y su importancia

La humildad y su importancia

I. NATURALEZA E IMPORTANCIA DE LA HUMILDAD

La humildad es una virtud derivada de la templanza, porque modera el apetito que tenemos de la propia excelencia.

Es una virtud que no conocieron los paganos; para éstos humildad significaba algo vil, abyecto, servil e innoble. No acontecía lo mismo entre los judíos: iluminados por la fe, los mejores de entre ellos, los justos, conociendo hondamente su nada y su miseria, recibían con paciencia la tribulación como un medio de expiación. Dios entonces se inclinaba propicio hacia ellos para remediarlos; gustaba de escuchas sus oraciones y perdonaba al pecador contrito y humillado. Para nosotros cristianos esta virtud es más comprensible, dado que tenemos el ejemplo luminoso de Cristo.

Definamos la humildad como la virtud que por medio del conocimiento exacto de nosotros mismos, nos inclina a estimarnos justamente en lo que valemos, y a procurar para nosotros la obscuridad y el menosprecio. Santa Teresa dice que la humildad es andar en verdad. Nuestro Padre nos dice en el número 44 de los Estatutos del Movimiento que es la virtud que nos coloca en la verdad de nosotros mismos y de nuestras relaciones con Dios y con los demás. Textualmente dice así: “Recuerden que todo progreso en el conocimiento y en la experiencia de Cristo está relacionado con ella, pues, mientras más humildes y más vacíos se encuentren de sí mismos, serán más justos y más semejantes a Cristo que siendo Dios se humilló hasta la muerte de cruz, más llenos de Dios, fuente inagotable de santidad, y más abiertos, generosos y comprensivos con los hombres. Recuerden, finalmente, que la fecundidad apostólica depende del poder de Cristo, y no tanto de las propias cualidades, aptitudes o esfuerzos, ya que sin Él nada podemos hacer en el orden de la gracia”.

¿Dónde reside su importancia? Para ser santos, crecer en las virtudes y tener fecundidad apostólica necesitamos de la humildad. Para contrarrestar la soberbia, el orgullo y la vanidad, tendencias que todos llevamos dentro, por culpa del pecado original, nada mejor que trabajar en la humildad. Dios al humilde da su gracia, al soberbio lo rechaza.

II. FUNDAMENTO

La humildad se funda en dos cosas: en la verdad y en la justicia. La verdad por la que nos conocemos como somos; la justicia, que nos inclina a tratarnos según ese conocimiento.

Para conocernos a nosotros mismos, dice santo Tomás, es menester ver lo que en nosotros hay de Dios, y lo que hay nuestro. Todo lo bueno que hay en nosotros procede de Dios y es suyo. Todo lo malo o defectuoso, procede de nosotros (IIa IIae, q. 161, a.3).

La justicia exige, pues, imperiosamente que se dé a Dios, y a nadie más, toda la honra y la gloria.

Es verdad que hay algo bueno en nosotros, que es nuestro ser natural, y, sobre todo, los dones sobrenaturales. Ni la humildad nos quita de verlos y admirarlos; pero, así como al alabar un cuadro la alabanza no es para el lienzo, sino para el pintor que lo pintó, así también, todo lo bueno que hay en nosotros se debe a Dios.

Dado que somos pecadores, tenemos más motivos para humillarnos que para alabarnos.

III. GRADOS DE HUMILDAD

San Benito tiene doce grados de humildad:

1. El temor de Dios, presente siempre a los ojos de nuestra alma, y que nos mueve a la guarda de los mandamientos.

2. La obediencia a la voluntad de Dios.

3. La obediencia a nuestros superiores por amor a Dios.

4. El sufrir con paciencia las injurias sin quejarnos.

5. La declaración de las faltas secretas, incluso las de pensamiento, al superior, fuera de la confesión sacramental.

6. Aceptar de corazón todas las privaciones y oficios más humildes.

7. Tenerse sinceramente y de corazón por el último de todos los hombres.

8. El evitar la singularidad.

9. El silencio, y el no hablar, si no somos preguntados.

10. El recato en el reír.

11. El recato en el hablar.

12. La modestia en el porte exterior: caminar, estar sentado, mirar.

San Ignacio tiene tres grados:

1. Cumplir los mandamientos y evitar el pecado mortal.

2. Indiferencia a lo que me venga, sin preferir más riqueza que pobreza, salud que enfermedad, éxito o fracaso, vida larga que corta, tratando de evitar el pecado venial.

3. Imitar y parecerme a Cristo, eligiendo más la pobreza que la riqueza, oprobios que alabanzas, etc.

IV. LA HUMILDAD Y LAS DEMÁS VIRTUDES

Considerada en sí misma, la humildad es inferior a las virtudes teologales, que tienen a Dios por objeto directo. Inferior también a algunas virtudes morales, como la prudencia, la religión, la justicia.

Pero si se considera la humildad en cuanto llave que nos abre los tesoros de la gracia y el fundamento de las virtudes, es, en opinión de los santos, una de las virtudes más excelentes.

Sin humildad no habría virtudes sólidas. Con ella, todas las virtudes arraigan y se hacen perfectas.

o La humildad hace nuestra fe más pronta y fácil, más firme y clara.

o El humilde pone en Dios toda su esperanza, porque desconfía de sí mismo.

o La caridad la practican los humildes.

o Los humildes gustan de reflexionar con prudencia.

o La justicia no puede practicarse sin la humildad, porque el soberbio exagera sus derechos con detrimento de los del prójimo.

o La templanza y la castidad suponen la humildad.

o La mansedumbre y la paciencia no pueden practicarse, si no nos abrazamos con las humillaciones.

San Agustín dice: “¿Quieres ser grande? Comienza por se pequeño. ¿Quieres levantar un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primeramente en poner de fundamento la humildad.

V. CAMPOS DE LA HUMILDAD

1. Para con Dios: reconociéndome como creatura necesitada, creada para servir a Dios, darle gloria.

2. Para con los superiores: aceptando los consejos, correcciones, y dependiendo de ellos.

3. Para con los demás: buscando servir, valorar a los demás, felicitarles por sus logros y reconocer su competencia en su campo respectivo.

CONCLUSIÓN

Seamos humildes servidores de todos, obrando con tanta sencillez que arrastremos a los demás, con nuestro ejemplo, a alabar y glorificar a Dios. Ante los progresos obtenidos en el camino de la santidad, y los logros en el desempeño de la misión encomendada, sigamos el ejemplo de María, descubriendo en ellos la obra del Todopoderoso, y no olvidemos las palabras de Cristo: “Cuando hiciereis estas cosas que os están mandadas, decid: “Siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer, eso hicimos! (Lucas 17,10).

 

posted on Wednesday, February 01, 2006 6:42 PM by Jorge_Acevedo


 
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