Acerca de Cartas del diablo a su sobrino
Autor: Joseph Card. Ratzinger
Capítulo 1: Las palabras, la Palabra y la verdad
Hasta
qué punto no es moderno preguntar por la verdad, lo ha representado
magníficamente el escritor y filósofo C. S. Lewis en un libro de éxito
aparecido en los años cuarenta, "Cartas del diablo a su sobrino". Está
compuesto por cartas ficticias de un demonio superior, Escrutopo, que
imparte enseñanzas a un principiante sobre el arte de seducir al
hombre, sobre el modo correcto como tiene que proceder. El demonio
pequeño había expresado ante sus superiores su preocupación de que
precisamente los hombres inteligentes leyesen los libros de los sabios
antiguos y pudiesen de este modo descubrir las huellas de la verdad.
Escrutopo le tranquiliza con la aclaración de que el punto de vista
histórico del que los espíritus infernales han conseguido
afortunadamente persuadir a los eruditos del mundo occidental,
significa precisamente esto: "que la única cuestión que con seguridad
nunca se planteará es la relativa a la verdad de lo leído; en su lugar
se pregunta acerca de las repercusiones y dependencias, del desarrollo
del respectivo escritor, de la historia de su influjos, y otras
cuestiones análogas". Josef Pieper, que reproduce este pasaje de C. S.
Lewis en su tratado sobre la interpretación, señala al respecto que las
ediciones de un Platón o un Dante por ejemplo, planificadas en los
países dominados por el comunismo, anteponían una introducción a cada
obra editada, que quiere proporcionar al lector una comprensión
histórica y así excluir la cuestión de la verdad. Una cientificidad
ejercida de este modo inmuniza frente a la verdad. La cuestión de si lo
dicho por el autor es o no, y en qué medida, verdadero, sería una
cuestión no científica; nos sacaría del campo de lo demostrable y
verificable, nos haría recaer en la ingenuidad del mundo precrítico. De
este modo, se neutraliza también la lectura de la Biblia: podemos
explicar cuándo y bajo qué circunstancias ha surgido un texto, y, de
este modo, lo tenemos clasificado dentro de lo histórico
("Historisch"), que a la postre no nos afecta. En el trasfondo de este
modo de interpretación histórica hay una filosofía, una actitud
apriórica ante la realidad que nos dice: no tiene sentido preguntar
sobre lo que es; sólo podemos preguntar sobre lo que podemos hacer con
las cosas. La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de
las cosas para nuestro provecho. Ante tal reducción aparentemente
iluminadora del pensamiento humano surge sin más la pregunta: ¿qué es
propiamente lo que nos aprovecha? Y ¿para qué nos aprovecha? ¿Para qué
existimos nosotros mismos? El observador profundo verá en esta moderna
actitud fundamental una falsa humildad y, al mismo tiempo, una falsa
soberbia: la falsa humildad, que niega al hombre la capacidad para la
verdad, y la falsa soberbia, con la que se sitúa sobre las cosas, sobre
la verdad misma, en cuanto erige en meta de su pensamiento la
ampliación de su poder, el dominio sobre las cosas.
Lo que en
Lewis aparece en forma de ironía, lo podemos encontrar hoy presentado
científicamente en la crítica literaria. En ella se descarta
abiertamente la cuestión de la verdad como no científica. El exégeta
alemán Mario Reiser ha llamado la atención sobre un pasaje de Umberto
Eco en su novela de éxito "El nombre de la rosa", donde dice: "La única
verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la
verdad". El fundamento para esta renuncia inequívoca a la verdad
estriba en lo que hoy se denomina el "giro lingüístico": no se puede
remontar más allá del lenguaje y sus representaciones, la razón está
condicionada por el lenguaje y ligada al lenguaje. Ya en el año mil
novecientos uno F. Mauthner había acuñado la siguiente frase: "lo que
se denomina pensamiento es puro lenguaje". M. Reiser comenta, en este
contexto, el abandono de la convicción de que se puede remitir con
medios lingüísticos a lo supralingüístico. El relevante exégeta
protestante U. Luz afirma -totalmente en consonancia con lo que hemos
oído de Escrutopo al principio- que la crítica histórica ha abdicado en
la Edad Moderna de la cuestión de la verdad. Él se cree obligado a
aceptar y reconocer como correcta esta capitulación: que ahora ya no
hay una verdad a buscar más allá del texto, sino posiciones sobre la
verdad que concurren entre ellas, ofertas de verdad que hay que
defender ahora con discurso público en el mercado de las visiones del
mundo.
Quien medita sobre estos modos de ver las cosas, sentirá
que le viene casi inevitablemente a su memoria un pasaje profundo del
"Fedro", de Platón. En él Sócrates cuenta a Fedro una historia que ha
escuchado de los antiguos, los cuales tenían conocimiento de lo
verdadero. Una vez Thot, el "padre de las letras" y el "dios del
tiempo", visitó al rey egipcio Thamus de Tebas. Instruyó al soberano
sobre diversas artes inventadas por él, y especialmente sobre el arte
de escribir por él concebido. Ponderando su propio invento, dijo al
rey: "Este conocimiento, oh rey, hará a los egipcios más sabios y
vigorizará su memoria; es el elixir de la memoria y de la sabiduría".
Pero el rey no se deja impresionar. Él prevé lo contrario como
consecuencia del conocimiento de la escritura: "Esto producirá olvido
en las almas de los que lo aprendan por descuidar el ejercicio de la
memoria, ya que ahora, fiándose a la escritura exterior, recordarán de
un modo externo; no desde su propio interior y desde sí mismos. Por
consiguiente, tú has inventado un medio no para el recordar, sino para
el caer en la cuenta, y de la sabiduría tú aportas a tus aprendices
sólo la representación, no la cosa misma. Pues ahora son eruditos en
muchas cosas, pero sin verdadera instrucción, y así pensarán ser
entendidos en muchas cosas, cuando en realidad no entienden de nada, y
son gente con la que es difícil tratar, puesto que no son verdaderos
sabios, sino sólo sabios en apariencia". Quien piensa hoy en cómo
programas de televisión de todo el mundo inundan al hombre con
informaciones y le hacen así sabio en apariencia; quien piensa en las
enormes posibilidades del ordenador y de Internet, que le permiten al
que consulta, por ejemplo, tener inmediatamente a disposición todos los
textos de un Padre de la Iglesia en los que aparece una palabra, sin
haber penetrado en cambio en su pensamiento, ése no considerará
exageradas estas prevenciones. Platón no rechaza la escritura en cuanto
tal, como tampoco nosotros rechazamos las nuevas posibilidades de la
información, sino que hacemos de ellas un uso agradecido. Pero pone una
señal de aviso, cuya seriedad está comprobada a diario por las
consecuencias del giro lingüístico, como también por muchas
circunstancias que nos son familiares a todos. H. Schade muestra el
núcleo de lo que Platón tiene que decirnos hoy cuando escribe: "Es del
predominio de un método filológico y de la pérdida de realidad que se
sigue, de lo que nos previene Platón".
Cuando la escritura, lo
escrito, se convierte en barrera frente al contenido, entonces se
vuelve un antiarte, que no hace al hombre más sabio, sino que le
extravía en una sabiduría falsa y enferma. Por eso, frente al giro
lingüístico, A. Kreiner advierte con razón: "El abandono del
convencimiento de que se puede remitir con medios lingüísticos a
contenidos extralingüísticos equivale al abandono de un discurso de
algún modo aún lleno de sentido". Sobre la misma cuestión el Papa
advierte en la encíclica lo siguiente: "La interpretación de esta
Palabra (de Dios) no puede llevarnos de interpretación en
interpretación, sin llegar nunca a descubrir una afirmación simplemente
verdadera". El hombre no está aprisionado en el cuarto de espejos de
las interpretaciones; puede y debe buscar el acceso a lo real, que está
tras las palabras y se le muestra en las palabras y a través de ellas.
Aquí
hemos arribado al punto central de la discusión de la fe cristiana con
un tipo determinado de la cultura moderna, que le gustaría pasar por
ser la cultura moderna sin más, pero que, afortunadamente, es sólo una
variedad de ella. Se pone de manifiesto, por ejemplo, muy claramente en
la crítica que el filósofo italiano Paolo Flores d´Arcais ha hecho a la
encíclica. Justo porque la encíclica insiste en la necesidad de la
cuestión de la verdad, comenta él que "la cultura católica oficial (es
decir, la encíclica) no tiene ya nada que decir a la cultura ´en cuanto
tal´...". Pero esto significa también que la pregunta por la verdad
está fuera de la cultura "en cuanto tal". Y entonces ¿no es esta
cultura "en cuanto tal" más bien una anticultura? ¿Y no es su
presunción de ser la cultura sin más una presunción arrogante y que
desprecia al hombre?
Que se trata justamente de este punto, se
pone de relieve, cuando Flores d´ Arcais reprocha a la encíclica del
Papa consecuencias mortíferas para la democracia, e identifica su
enseñanza con el tipo "fundamentalista" del Islam. Argumenta remitiendo
al hecho de que el Papa ha calificado como carentes de validez
auténticamente jurídica las leyes que permiten el aborto y la
eutanasia. Quien se opone de este modo a un Parlamento elegido e
intenta ejercer el poder secular con pretensiones eclesiales, muestra
que el sello de un dogmatismo católico permanece esencialmente
estampado en su pensamiento. Tales afirmaciones presuponen que no puede
haber ninguna otra instancia por encima de las decisiones de una
mayoría. La mayoría coyuntural se convierte en un absoluto. Porque de
hecho vuelve a existir lo absoluto, lo inapelable. Estamos expuestos al
dominio del positivismo y a la absolutización de lo coyuntural, de lo
manipulable. Si el hombre queda fuera de la verdad, entonces ya sólo
puede dominar sobre él lo coyuntural, lo arbitrario. Por eso no es
"fundamentalismo", sino un deber de la Humanidad proteger al hombre
contra la dictadura de lo coyuntural convertido en absoluto y
devolverle su dignidad, que justamente consiste en que ninguna
instancia humana puede dominar sobre él, porque está abierto a la
verdad misma. Precisamente por su insistencia en la capacidad del
hombre para la verdad, la encíclica es una apología sumamente necesaria
de la grandeza del hombre contra lo que pretende presentarse como la
cultura "tout court".
Naturalmente es difícil volver a dar carta
de ciudadanía a la cuestión de la verdad en el debate público, debido
al canon metodológico que se ha impuesto hoy como sello acreditativo de
la cientificidad. Por eso, es necesario un debate fundamental sobre la
esencia de la ciencia, sobre la verdad y el método, sobre el cometido
de la filosofía y sus posibles caminos. El Papa no ha considerado que
sea tarea suya tratar en la encíclica la cuestión, totalmente práctica,
de si la verdad puede llegar a ser nuevamente científica y cómo. Pero
muestra por qué nosotros debemos acometer esta tarea. No quería
realizar él mismo la tarea de los filósofos, pero ha cumplido la tarea
de la denuncia admonitoria que se opone a una tendencia autodestructiva
de la cultura "en cuanto tal". Justamente esta denuncia admonitoria es
un acto auténticamente filosófico, revive en el presente el origen
socrático de la filosofía y muestra con ello la potencia filosófica que
se encierra en la fe bíblica. A la esencia de la filosofía se opone un
tipo de cientificidad, que le cierra el paso a la cuestión de la
verdad, o la hace imposible. Tal autoenclaustramiento, tal
empequeñecimiento de la razón no puede ser la norma de la filosofía, y
la ciencia en su conjunto no puede acabar haciendo imposibles las
preguntas propias del hombre, sin las que ella misma quedaría como un
activismo vacío y, a la postre, peligroso. No puede ser tarea de la
filosofía someterse a un canon metodológico, que tiene su legitimidad
en sectores particulares del pensamiento. Su tarea tiene que ser
justamente pensar la cientificidad como un todo, concebir críticamente
su esencia y, de un modo racionalmente responsable, ir más allá de ello
hacia lo que le da sentido. La filosofía tiene que preguntarse siempre
sobre el hombre, y, por consiguiente, cuestionarse siempre sobre la
vida y la muerte, sobre Dios y la eternidad. Para ello tendrá que
servirse hoy, antes que nada, de la aporía de aquel tipo de
cientificidad que aparta al hombre de tales cuestiones y, a partir de
las aporías que nuestra sociedad pone a la vista, intentar abrir
siempre de nuevo el camino hacia lo necesario y lo que se torna
necesidad. En la historia de la filosofía moderna no han faltado tales
tentativas, y también en el presente hay suficientes ensayos
esperanzadores, para abrir de nuevo la puerta a la cuestión de la
verdad, la puerta más allá del lenguaje que gira sobre sí mismo. En
este sentido la llamada de la encíclica es sin duda crítica ante
nuestra situación cultural actual, pero al mismo tiempo está en una
unión profunda con elementos esenciales del esfuerzo intelectual de la
Edad Moderna. Nunca es anacrónica la confianza en buscar la verdad y en
encontrarla. Es justamente ella la que mantiene al hombre en su
dignidad, rompe los particularismos y unifica a los hombres, más allá
de los límites culturales, por su dignidad común.