Consejos del Papa a las autoridades civiles de Roma
Discurso del 11 de enero
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 26 enero 2007 (ZENIT.org).-
Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI el 11 de enero a los
administradores de la región de Lacio, del ayuntamiento y de la
provincia de Roma con motivo del año nuevo.
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Ilustres señores y amables señoras:
Por segunda vez tengo el placer de recibiros, al inicio del año,
para el tradicional intercambio de felicitaciones. Os doy las gracias
por estar aquí y dirijo mi cordial y deferente saludo al presidente de
la Junta regional del Lacio, señor Pietro Marrazzo, al alcalde de Roma,
honorable Walter Veltroni, y al presidente de la provincia de Roma,
señor Enrico Gasbarra, expresándoles mi sincera gratitud por las
amables palabras que me han dirigido, también en nombre de las
administraciones que presiden. Saludo, asimismo, a los presidentes de
los respectivos Concejos y a todos vosotros, aquí reunidos.
Nuestro encuentro es una ocasión propicia para fortalecer y
consolidar los vínculos profundos, antiguos y tenaces, que unen al
Sucesor de Pedro a esta ciudad, única en el mundo, a su provincia y a
toda la región del Lacio. A cada uno de los ciudadanos y de los
habitantes de Roma y del Lacio le expreso, a través de vosotros, mi
afecto, mi cercanía y mi solicitud pastoral.
Roma, con su historia milenaria y su significado universal, y
juntamente con Roma todo el Lacio, sus ciudades, sus aldeas, sus
barrios, son una tierra en la que con especial evidencia el
cristianismo ha echado raíces y ha producido, a lo largo de los siglos,
obras de belleza y frutos de bien, mostrando en concreto cómo el Dios
hecho hombre es verdaderamente amigo del hombre. Este patrimonio de
bondad y de belleza está encomendado ahora, en cierto sentido, también
a vosotros, como administradores públicos, en el pleno respeto de la
sana laicidad de vuestras funciones. Este es un terreno natural de
colaboración entre la Iglesia y la sociedad civil, que representáis.
Seguramente el bien humano integral de las poblaciones de Roma y del
Lacio se tutela y se incrementa con esa colaboración.
Con este espíritu deseo atraer vuestra atención hacia algunas
materias de interés común y de gran importancia y actualidad. Para
hacerlo, tomo como punto de partida una experiencia bastante reciente,
que me alegró íntimamente: la visita que realicé la semana pasada al
comedor de la Cáritas diocesana de Roma, en Colle Oppio. En esa
ocasión, dedicando el comedor a mi inolvidable predecesor Juan Pablo
II, repetí las palabras que pronunció quince años antes en ese mismo
lugar: "El hombre que sufre nos pertenece". Sí, amables representantes
de las administraciones de Roma y del Lacio, todo hombre que sufre
pertenece a la Iglesia y, al mismo tiempo, pertenece a todos los
hermanos en la humanidad. Por consiguiente, pertenece, de modo preciso,
también a vuestras responsabilidades de administradores públicos. Así
pues, no puedo menos de alegrarme por la colaboración que existe desde
hace tiempo entre los organismos eclesiales y vuestras
administraciones, con el fin de aliviar y remediar las numerosas formas
de pobreza económica, pero también humana y relacional, que afligen a
un número notable de personas y de familias, especialmente entre los
inmigrantes.
Existe, además, el vastísimo campo de la tutela de la salud, que
exige un esfuerzo ingente y coordinado para garantizar a quienes sufren
enfermedades físicas o psíquicas cuidados oportunos y adecuados:
también en este terreno la Iglesia y las organizaciones católicas se
alegran de ofrecer su colaboración, a la luz de los grandes principios
del carácter sagrado de la vida humana, desde la concepción hasta su
fin natural, y de la centralidad de la persona del enfermo. Confío en
vuestra disponibilidad a favorecer dicha colaboración, que seguramente
redundará en beneficio de toda la población.
La misma solicitud por el hombre que nos impulsa a estar cerca de
los pobres y de los enfermos nos hace estar atentos a ese bien humano
fundamental que es la familia fundada en el matrimonio. Hoy es
necesario que se comprendan mejor el valor intrínseco y las
motivaciones auténticas del matrimonio y de la familia; el compromiso
pastoral de la Iglesia con vistas a ese fin es grande y debe crecer
ulteriormente. Pero es igualmente necesaria una política de la familia
y para la familia, que interpele, desde una doble perspectiva, también
vuestras responsabilidades. Se trata de incrementar las iniciativas que
pueden hacer menos difícil y gravosa para las parejas jóvenes la
formación de una familia, y también la generación y educación de los
hijos, favoreciendo el empleo juvenil, conteniendo en lo posible el
coste de las viviendas y aumentando el número de escuelas de párvulos y
de guarderías infantiles. En cambio, parecen peligrosos y
contraproducentes los proyectos que pretenden atribuir a otras formas
de unión reconocimientos jurídicos impropios, terminando
inevitablemente por debilitar y desestabilizar a la familia legítima
fundada en el matrimonio.
La educación de las nuevas generaciones constituye la prioridad
pastoral en la que la diócesis de Roma está concentrando actualmente su
atención. Ciertamente, todos vosotros sois conscientes de la
importancia también social y civil de esa problemática. Por tanto, a la
vez que os estoy agradecido por el apoyo que ya dais a algunas formas
de compromiso educativo de la Iglesia, especialmente a los oratorios,
confío en que también en este ámbito se desarrolle ulteriormente una
provechosa colaboración, respetando la índole y las tareas propias de
cada uno de los sujetos interesados.
Distinguidas autoridades, son muchos, y a menudo bastante
complejos, los problemas que debéis afrontar diariamente para promover
el desarrollo económico, social y cultural de Roma y del Lacio. Por
tanto, os aseguro mi cercanía y mi oración por vosotros y por las altas
responsabilidades que estáis llamados a ejercer. Que el Señor guíe
vuestros pasos e ilumine vuestros propósitos. Con estos sentimientos,
imparto de corazón a cada uno la bendición apostólica, que extiendo de
buen grado a vuestras familias y a cuantos viven y trabajan en Roma, en
su provincia y en todo el Lacio.