EL PAPA INVITA A LOS CRISTIANOS A REZAR POR LOS GOBERNANTES QUE LES PERSIGUEN
Siguiendo la exhortación de la «Carta a los Corintios» de san Clemente Romano
CIUDAD
DEL VATICANO, miércoles, 7 marzo 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI
invitó este miércoles a los cristianos a rezar por los gobernantes que
les persiguen.
Su exhortación, pronunciada durante la audiencia
general, se inspiró en un escrito particularmente leído entre las
primeras comunidades cristianas, la «Carta a los Corintios», escrita a
finales del siglo I por san Clemente Romano, tercer sucesor de san
Pedro como Papa.
El escrito concluye con una «invocación para los gobernantes».
«Después
de los textos del Nuevo Testamento, representa la oración más antigua
por las instituciones políticas», constató el Santo Padre en el Aula
Pablo VI del Vaticano ante miles de peregrinos.
Fue escrita después de la dura persecución del emperador Domiciano, entre los años 81 y 96.
«Tas
la persecución, los cristianos, aunque sabían que continuarían las
persecuciones, no dejan de rezar por esas mismas autoridades que les
habían condenado injustamente».
Los cristianos rezaban por los gobernantes enemigos por dos motivos, aclaró el Papa.
Ante todo, porque seguían el ejemplo de Jesús en la cruz, que rezó por sus perseguidores
«Pero
esta oración tiene también una enseñanza que orienta, a través de los
siglos, la actitud de los cristianos ante la política y el Estado»,
reconoció el Santo Padre.
«Al rezar por las autoridades,
Clemente reconoce la legitimidad de las instituciones políticas en el
orden establecido por Dios; y al mismo tiempo, manifiesta la
preocupación que las autoridades sean dóciles a Dios y 'ejerzan el
poder que Dios les ha dado con paz y mansedumbre y piedad'».
«César
no lo es todo --aclaró Benedicto XVI--. Emerge otra soberanía, cuyo
origen y esencia no son de este mundo, sino 'de lo alto': es la de la
Verdad que tiene el derecho ante el Estado de ser escuchada».
EL PREDICADOR DEL PAPA ALERTA: EL PECADO QUE DIOS DENUNCIA CON MÁS FUERZA ES LA HIPOCRESÍA
Primera predicación de Cuaresma al Papa y a la Curia
CIUDAD
DEL VATICANO, viernes, 9 marzo 2007 (ZENIT.org).- La hipocresía, el
pecado que Dios denuncia con más fuerza, también es el menos admitido;
por eso el predicador del Papa alerta de sus peligros y brinda
herramientas para contrarrestarlo, algo que beneficiaría a toda la
sociedad.
En presencia de Benedicto XVI y de sus colaboradores
de la Curia, en la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico,
el predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa
O.F.M. Cap. pronunció, en la mañana de este viernes, la primera de sus
cuatro predicaciones cuaresmales, centradas en las Bienaventuranzas
evangélicas.
Entre ellas, propuso reflexionar sobre ésta:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios», y aclaró
equívocos. Remitiéndose al Evangelio, «lo que decide la pureza o
impureza de una acción es la intención: si se hace para ser vistos por
los hombres o para agradar a Dios», apuntó.
Y es que «en
realidad la pureza de corazón no indica, en el pensamiento de Cristo,
una virtud particular, sino una cualidad que debe acompañar a todas las
virtudes, para que sean de verdad virtudes y no 'espléndidos vicios'»;
por eso «su contrario más directo no es la impureza, sino la
hipocresía», señaló el padre Cantalamessa.
Y ese es el pecado
que denuncia con más fuerza Dios a lo largo de toda la Biblia, porque
con la hipocresía «el hombre rebaja a Dios, le sitúa en el segundo
lugar, colocando en el primero a las criaturas, al público», prosiguió.
De
manera que «la hipocresía es esencialmente falta de fe» -recalcó-, pero
también «falta de caridad hacia el prójimo, en el sentido que tiende a
reducir a las personas a admiradores».
«Nunca se habla de la
relevancia social de la bienaventuranza de los puros de corazón», pero
«estoy convencido -manifestó el padre Cantalamessa- de que esta
bienaventuranza puede ejercer hoy una función crítica entre las más
necesarias en nuestra sociedad», pues «se trata del vicio humano tal
vez más difundido y menos confesado».
Se traduce en llevar dos
vidas: una es la verdadera, la otra la imaginaria que vive de la
opinión, propia o de la gente; se traduce, según el religioso, en la
cultura de la apariencia, en la tendencia que tiende a vaciar a la
persona, reduciéndola a imagen, o a simulacro.
El padre
Cantalamessa hizo hincapié en que la hipocresía acecha a las personas
religiosas por un sencillo motivo: «donde más fuerte es la estima de
los valores del espíritu, de la piedad y de la virtud, allí es más
fuerte también la tentación de ostentarlos para no parecer privados de
ellos».
Pero existe «un medio sencillo e insuperable para
rectificar varias veces al día nuestras intenciones», propuso el
predicador de la Casa Pontificia; nos lo dejó Jesús en las tres
primeras peticiones del Padrenuestro: «Santificado sea tu nombre. Venga
a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad».
«Se pueden recitar
como oraciones, pero también como declaraciones de intención: todo lo
que hago, quiero hacerlo para que sea santificado Tu nombre, para que
venga Tu reino y para que se cumpla Tu voluntad», añadió.
«Sería
una preciosa contribución para la sociedad y para la comunidad
cristiana si la bienaventuranza de los puros de corazón nos ayudara a
mantener despierta en nosotros la nostalgia de un mundo limpio,
verdadero, sincero, sin hipocresía -ni religiosa ni laica-, un mundo
donde las acciones se corresponden con la palabras, las palabras con
los pensamientos y los pensamientos del hombre con los de Dios»,
concluyó.