Huga Wast resume magistralmente algunos de sus libros
El
Sacerdocio, la Iglesia y el Papado en el pensamiento de Hugo Wast
Una
referencia a temas fundamentales como son la esencia del sacerdocio,
el drama del sacerdocio y el papado, cumbre del sacerdocio, tal como
lo trató el gran escritor católico. Este artículo
se editará en papel en la prestigiosa revista Gladium.
Agradecemos al autor y la publicación su cesión por
adelantado.
Hugo Wast, seudónimo de Gustavo
Martínez Zuviría (1883-1962), considerado el más
grande novelista de América, cuyas memorables obras Flor de
Durazno, Valle Negro, Desierto de Piedra, Don Bosco y su
Tiempo, llegaron a tener decenas de ediciones con tiradas de
120.000 ejemplares y ser traducido a muchos idiomas, nos deja páginas
memorables sobre el tema del Sacerdocio católico, la Iglesia y
el Papado, cuyo análisis demandarían profundos
estudios.
Pensemos en libros completos dedicados
a sacerdotes, como la Hagiografía Don Bosco y su Tiempo,
o las Aventuras del Padre Vespignani, o las semblanzas del
Cura Brochero que aparece en las Espigas de Ruth y en las
Obras Completas.
No pretendemos en estas páginas
hacer un estudio exhaustivo y completo, sino referirnos a temas
fundamentales como son la esencia del sacerdocio, el drama del
sacerdocio y el papado, cumbre del sacerdocio.
Pero veamos las profundas y proféticas
páginas de Hugo Wast.
La Esencia del Sacerdocio
La esencia del
Sacerdocio en el pensamiento de Gustavo Martínez Zuviría
se encuentra en el famoso escrito: “Cuando se piensa”. De
esta formidable página dijo San José María
Escrivá de Balaguer[1]
: “Estoy seguro de que no merecerá más que aplausos…
Tengo muchas ganas de darle un abrazo”.
Transcribo las partes principales:
“Cuando se piensa que ni la
Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote;
Cuando se piensa que ni los ángeles,
ni los arcángeles, ni Miguel, ni Gabriel, ni Rafael, ni
príncipe alguno de aquellos que vencieron a Lucifer pueden
hacer lo que un sacerdote;
Cuando se piensa que solamente un
sacerdote puede perdonar los pecados y que lo que él ata en el
fondo de su humilde confesionario, Dios, obligado por Su Propia
Palabra, lo ata en el cielo, y lo que él desata, en el mismo
instante lo desata Dios;
Cuando se piensa que Nuestro Señor
Jesucristo, en la última Cena, realizó un milagro más
grande que la creación del universo con todos sus esplendores,
y fue convertir el pan y el vino en Su Cuerpo y Su Sangre para
alimentar al mundo; y que este portento, ante el cual se arrodillan
los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un
sacerdote;
Cuando se piensa que la humanidad se
ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres que
se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora
que sólo un sacerdote puede realizar;
Cuando se piensa que un sacerdote
cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que
un rey y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de
Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí
repitiendo el mayor milagro de Dios;
Cuando se piensa que el mundo
moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de
pan y ese poquito de vino;
Cuando se piensa que eso puede
ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y
que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará
la tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y
las gentes aullarán de hambre y de angustia, y pedirán
ese pan, y no habrá quien se lo dé; y pedirán la
absolución de sus culpas, y no habrá quien las
absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los
espantos;
Cuando se piensa que un sacerdote
hace más falta que un rey, más que un militar, más
que un banquero, más que un médico, más que un
maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede
reemplazarlo a él;
Cuando se piensa todo esto, uno
comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones
sacerdotales;
Uno comprende
el afán con que en tiempos antiguos cada familia ansiaba que
de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación
sacerdotal.”[2]
El Drama del Sacerdocio.
Las Etapas de una Apostasía
El Drama de un sacerdote que pierde la
Fe lo plantea magistralmente el Papa Benedicto XVI en la novena
estación de su extraordinario Via Crucis rezado en el
Coliseo de Roma el Viernes Santo de 2005 durante las postrimerías
de su recordado antecesor Juan Pablo II:
Meditación. ¿Qué
puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso
de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los
hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un
secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar
también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En
cuántas veces se abusa del sacramento de Su Presencia, y en el
vacío y maldad de corazón donde entra a menudo.
¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin
darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y
se abusa de Su Palabra! ¡Qué poca Fe hay en muchas
teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta
suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían
estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta
soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco
respetamos el Sacramento de la Reconciliación, en el cual Él
nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También
esto está presente en Su Pasión. La traición de
los discípulos, la recepción indigna de Su Cuerpo y de
Su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le
traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle
desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos
(cf Mt 8,25)
No se llega a un Drama tan grave como
el que describe el Papa abruptamente, sino por etapas.
Hugo Wast en su
obra Juana Tabor, 666[3],
escrita en 1941, nos va indicando las etapas de esa apostasía,
desdichado Drama de muchos sacerdotes en el día de hoy.
La Vocación del Sacerdote y
el Orgullo.
Comienza la historia en el día
de la ordenación de Fray Simón de Samaria cuando su
mentor Fray Plácido de la Virgen le da los consejos a su
discípulo más aventajado que ya había tenido
varios triunfos como orador. Primero le recuerda la dignidad del
sacerdocio.
“ Escúchame en el momento más
solemne de tu vida, ahora que eres tanto como un rey, porque el
aceite de unción es una diadema.
El joven respondió, con las
palabras de Samuel, pues sabía cuanto agradaban al Superior
los textos bíblicos:
- Habla, Señor, que tu siervo te
escucha.
- Como hizo reflorecer Santa Teresa a
las carmelitas, y Rancé a los trapenses, así anhelaba
yo que alguien hiciera renacer la vocación gregoriana, y
pienso que Dios ha escuchado mi oración; porque cuando veo el
influjo que tienen tus sermones sobre el pueblo, no puedo menos de
repetir el versículo del profeta con que la Iglesia honra a
San Juan Bautista en su vigilia: “He puesto Mi Palabra sobre tus
labios”
Ecce dedi verba mea in ore tuo
–murmuró el joven fraile, para mostrar al viejo que
recordaba el pasaje, y por su médula corrió un
estremecimiento de placer.
El superior lo
miró intensamente, como si adivinase la falla de aquella
magnífica armadura, y le dijo:[4]
El primer consejo contra el Orgullo:
- Pero...
después de cada sermón, enciérrate en tu celda y
humíllate, y disciplínate y suplica a Dios que te envíe
un ángel para que te abofetee y no te deje caer en el orgullo
secreto, que Él castiga con otras tentaciones, según lo
manifiesta San Pablo [5]
.
El segundo consejo, la pobreza
espiritual:
En el voto de pobreza que has hecho
como gregoriano debes incluir no solamente la renuncia a toda
propiedad material, sino también a toda propiedad espiritual.
- ¿Las virtudes son eso que V.
R. llama propiedades espirituales? ¿Cómo puede
renunciarse a las virtudes?
- Te diré:
las virtudes producen un gusto, una delectación. La perfección
está en renunciar a esos gustos espirituales que produce la
virtud, porque a la corta o a la larga cautivan la voluntad, y hacen
creer que todo lo que contraría nuestros gustos espirituales
es malo, y todo lo que los fomenta es bueno[6].
Luego de prevenirlo contra el amor
propio espiritual que con la apariencia de bien, es infinitamente más
peligroso que el carnal, Fray Plácido le da el secreto para
desenmascararlo y no confundirlo con el celo por la gloria de Dios.
Le da en ese momento el tercer consejo, la Obediencia. No se detiene
mucho en la consideración frecuente sobre la obediencia a los
superiores, sino que señala lo esencial de la virtud de la
obediencia en los sacerdotes: la absoluta adhesión al Papa.
- La piedra de toque de la virtud de un
sacerdote es su absoluta adhesión al Papa. Esa voluntad, mejor
diré, ese sentimiento, porque el joven levita debe transformar
en carne de su carne, en una especie de instinto, lo que al principio
de su carrera pudo no ser más que una fría voluntad,
esa adhesión a Roma es lo que lo hace un miembro vivo del
Cuerpo Místico de Cristo.
- ¿Cómo ha de ser y qué
límites ha de tener esa adhesión?
- Debe ser ilimitada –contestó
con presteza el viejo-; desinteresada y silenciosa, mientras no
llegue el caso de pregonarla, porque entones debe pregonarse, aun a
costa del martirio. Pero no sólo debe orientar tu acción
exterior, sino también atar tus pensamientos...
- Mucho es eso
–observó melancólicamente el joven[7].
El superior se retira sin dejar de
recordarle los dos pilares sobre los que se asienta la vocación
del sacerdote: el rezo litúrgico y la devoción al Papa,
o con otras palabras: la Oración disciplinada y la infalible
Humildad.
Ni bien queda solo, Fray Simón
nos revela su verdadero propósito, reconciliar el mundo con la
religión:
Señor, Señor –exclamó,
golpeándose el pecho a la manera del publicano- me siento como
Daniel, hombre de deseos: vir desideriorum es tu! Tengo la
conciencia de que llevo conmigo todas las energías de una
nueva creencia. Mi misión es reconciliar al siglo con la
religión en el terreno dogmático, político y
social. Me siento sacerdote hasta la médula de los huesos;
pero he recibido del Señor un secreto divino: la Iglesia de
hoy no es sino el germen de la Iglesia del porvenir, que tendrá
tres círculos: en el primero cabrán católicos y
protestantes; en el segundo, judíos y musulmanes; en el
tercero, idólatras, paganos y aun ateos... Comenzaré yo
solo, en mí mismo, el perfecto reino de Dios... Soy el
primogénito de una nueva alianza...
La celda se
llenó de azulada sombra. La campana, llamando al coro, lo sacó
de su arrobamiento[8].
El Superior. La conversión
por el “amor”.
En el capítulo sexto Dos
Rosas y una Cruz, ya adelantada la obra, nos muestra a Fray Simón
de Samaria que ha logrado encaramarse como Superior de los
gregorianos. Es el afamado Superior de una orden en total decadencia
y ya ha recibido a la profetisa del Anticristo, Juana Tabor que finge
que quiere convertirse al cristianismo para hacerlo caer en sus
redes. Fray Simón comete el error de separar Verdad y Caridad.
La Verdad sin la Caridad es fría
e inaceptable. Y la Caridad sin la Verdad se corrompe. Por ello, la
Verdad de la Caridad no debe hacernos nunca olvidar la Caridad de la
Verdad. Fray Simón cree que puede lograr la unión con
todos los hombres por el amor sentimental y al margen de las verdades
católicas. Para escribir este extraordinario capítulo,
Hugo Wast, ha utilizado el diario del célebre fraile apóstata
Jacinto Loyson, ex carmelita descalzo, documento muy raro y de
inmenso interés psicológico y apologético.
He hablado con Juana Tabor de sus
dificultades para aceptar todos los dogmas católicos.
Esa mujer, tan misteriosa y mundana, es
un alma profundamente religiosa, a pesar de la nube de incredulidad
con que el protestantismo, la religión de su niñez,
según creo, ha envuelto su pensamiento y su corazón.
En otra página escrita después:
Ha venido al locutorio. Hemos hablado
largamente. Y me ha dicho, fijando en mí su mirada oriental:
¿Por qué no existe una
Iglesia para los que dudan, espíritus que son religiosos, pero
que no pueden dar formas positivas a sus creencias y su culto?
Y, como yo no encontrara en ese momento
la frase que convenía decirle, después de un rato de
silencio se puso de pie y, sin darme la mano, se despidió con
estas palabras:
Si yo me hago católica no será
en virtud de sus argumentos, sino de su misericordia. Usted será
para mí la puerta de la Iglesia.
Yo me quedé solo, sintiendo como
cosa nueva esta verdad en que, sin embargo, he pensado muchas veces:
si es una obra santa convertir a los herejes y cismáticos, ¿no
es también una obra providencial, grata a Dios y bendecida por
Él, esta aproximación que se opera, antes de la
conversión por la caridad, entre los católicos y los
que no lo son?
Fray Simón
observó que la palabra caridad estaba escrita arriba de otra,
que aún podía descifrarse: amor[9].
Como consecuencia de este activismo y
concesión al sensible, Fray Simón, se queda sin tiempo
psicológico, otro rasgo de anemia espiritual.
Hoy no he celebrado misa. Me acosté
fatigado, y me dormí pasada la medianoche. Oí vagamente
la campana y no hallé alientos para levantarme. El hermano
Plácido llamó a mi puerta; le dije que me perdonase,
porque estaba enfermo.
Hace varios días que no tengo
tiempo de rezar el oficio. Voy a pedir dispensa de él, a pesar
de lo que suele decir mi viejo compañero Fray Plácido:
que el breviario y la devoción al Papa son los dos puntales de
la vocación sacerdotal. No lo creo: yo me siento sacerdote
hasta la médula de los huesos, tanto, que mi vocación
no padecería si me viera obligado a renunciar a algunos
formulismos de la Iglesia. Yo soy sacerdote según el orden de
Melquisedec, que levantaba su altar en campo abierto y podía
enorgullecerse de su triple corona, de pontífice, de esposo y
de padre.
El Superior de los gregorianos cerró
un momento el cuadernito y se puso a reflexionar sobre aquellos
apuntes, que tenían ya varias semanas.
Hacía
dos por lo menos que había recibido de Roma la dispensa del
breviario, cuyo rezo es obligatorio bajo pecado mortal, para todos
los sacerdotes.[10]
Continúa Fray Simón su
relación creyendo que la puede fundar en el equívoco
sin refutar nunca sus errores y transando a veces con ellos.
He pasado la tarde en Martínez,
Juana me ha dicho: “Creo en la divinidad de Cristo, pero no
creo en su deidad, que confunde al hombre con Dios. Dios se ha
manifestado en Cristo, pero Éste no es Dios.
Juana es un
alma esencialmente religiosa, pero su teología es una extraña
mezcla de sentimientos, de intuiciones, de interpretaciones
subjetivas de la Biblia. Yo la escucho con embeleso, viéndola
acercarse paso a paso al catolicismo. Casi nunca refuto directamente
sus errores. A veces transo con ellos, para mejor vencerla
después[11].
Hugo Wast advierte cómo la
ilusión de Fray Simón lo hace alterar la Sagrada
Escritura con una fina percepción psicológica:
El que convirtiere a alguien del error
de su camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá la
muchedumbre de sus pecados.
El texto dice: el que convirtiere a
un pecador, pero yo no me he atrevido a llamar pecadora a Juana,
pues conozco su corazón limpio como un cáliz de oro...
¿Y si yo
no me convirtiera, usted no se salvaría?, me ha preguntado con
una sonrisa divina[12].
Juana Tabor le habla a Fray Simón
de la “Iglesia del porvenir” falso ecumenismo que reúne a
la gente sin la amalgama que es Cristo, como si fuera una idea de
ella y no de él, para hacerle creer que está aceptando
sus creencias, cuando en realidad es al revés.
Usted es la
puerta de la verdadera Iglesia, la Iglesia del porvenir, de la cual
la católica no es más que un germen, sagrado, sí,
pero sólo un germen. Yo concibo una Iglesia con tres círculos
donde quepan todos los pobres seres humanos: en el primer círculo,
los cristianos sin distinción; en el segundo, los judíos
y los musulmanes; en el tercero, los panteístas y aun los
ateos...[13]
El buen pastor es el que da su vida por
las ovejas y el que las defiende del lobo, no el que habla de
ternuras y caricias al lobo mientras éste se devora a su
víctima. Fray Simón empieza a abusar en su lenguaje de
las imágenes tiernas, otro ejemplo de las traiciones de la
sensibilidad desordenada.
Esta semana me he abstenido de ir a
Martínez –leyó en su diario-. He conversado con Fray
Plácido, quien me ha hecho algunas advertencias ociosas acerca
de las traiciones de la sensibilidad. Le alarman las imágenes
excesivamente tiernas que yo empleo en mi lenguaje. He tenido que
recordarle otras infinitamente más tiernas de la Sagrada
Escritura.
Me ha dicho: “Un hombre que
diariamente realiza el milagro de la consagración debería
cerrar los ojos a las bellezas exteriores”.
Le he contestado:
Si yo salvo a esa persona, habré
asegurado mi propia salvación. Y él me ha citado,
meneando la cabeza, este texto del Eclesiastes: “Vale más
el final de una cosa que su comienzo”.
Yo he replicado: Cada vez que hablo con
ella experimento la presencia sensible del Espíritu Santo en
nuestras efusiones. ¡Su corazón es tan puro! ¡Los
asuntos que tratamos son tan santos!
“No hay peor trampa, me replica él,
para dos corazones incautos, que los secretos inocentes”.
“Un secreto
es casi siempre una complicidad inadvertida”.[14]
Habiéndose enfriado la
espiritualidad por la falta de oración cae el otro puntal de
la vocación sacerdotal, la fidelidad al Papa y con ella viene
el ansia de falso ecumenismo y la reforma democrática de la
Iglesia
“Ya sé”, le he interrumpido
con alguna impaciencia: “el rezo litúrgico y la devoción
al Papa”.
“¡Cuáles no serían
los recelos del pobre viejo, si supiera cómo estoy en lo que
atañe a esos dos puntales! Del uno me he libertado ya, no por
mi propia autoridad, sino por la de la Santa Sede, y en cuanto a la
devoción al Papa, ¡si viera mis dudas! Yo soy antes
sacerdote católico que sacerdote romano. Pero no hay derecho a
decir esto públicamente, sin incurrir en las censuras. La
Iglesia Romana quiere ser como el Arca de la Alianza, a la que nadie
podía tocar, ni siquiera para sostenerla, porque caería
muerto, como Oza, al extender la mano.
“Creo que
estamos destinados a ver grandes cambios en la Iglesia, en el sentido
de la democracia. Servir a la vez a Dios y al pueblo”. [15]
Y más adelante:
“La Iglesia
Romana no puede reformarse y regenerarse por algunos movimientos
superficiales; es necesario que sea removida y turbada hasta lo
profundo. Yo soy quien está llamado a comenzar la obra”.
[16]
Juana Tabor le envía de regalo
dos rosas sobre un crucifijo y el infeliz no advierte que significan
el triunfo de la Cábala sobre el Cristianismo.
Fray Simón abandona su diario y
no escribe más, invadido por una extraña fatiga de la
imaginación.
Esterilidad y Reformismo
Nuestra época es pródiga
en empresarios prósperos con empresas quebradas, generales
exitosos con ejércitos derrotados, políticos opulentos
con pueblos en la miseria y no le podían faltar los superiores
religiosos famosos con sus órdenes y comunidades en declarada
decadencia. Y aún obispos con una celebridad publicitada con
fieles en apostasía. Santidad mediática obtenida
pidiendo perdón por lo que hicieron sus predecesores, cuando
no había apostasía.
La esterilidad de estos personajes se
debe a que la voluntad de poder, reducida a un mero encaramarse en
los escombros de sus comunidades en ruinas, se opone a la capacidad
de crear. El secreto de la creatividad, o mejor dicho de la
fecundidad, es la Cruz que el trepador rechaza. En lugar de
convertirse él, quiere reformar la Iglesia. Cuando la Iglesia
no necesita ni necesitó nunca reformadores sino Santos.
Fray Plácido le propone al
Superior, comunicar la agonía de la orden a Roma y buscar
remedio en la penitencia y éste replica prohibiéndole
la comunicación con el Papa y proponiendo la reforma de la
Iglesia:
Pero ni la Orden, ni la Iglesia pueden
reformarse por algunos movimientos superficiales. Es necesario que
sean removidas y turbadas hasta lo profundo. Yo siento que tengo una
misión que llenar.
Dentro de la Orden, ciertamente, V.R.
tiene una misión; pero dentro de la Iglesia, en el sentido de
una reforma, no – replicó enérgicamente el viejo
fraile - , porque sólo el Papa es el llamado a ello.
El Superior palideció
ligeramente y permaneció callado durante algunos segundos, y
al cabo dijo:
- Este Papa morirá pronto. El
que vendrá después ¿tendrá su mismo
espíritu intransigente y hostil al espíritu del siglo
nuevo? Yo soy sacerdote católico y cualquier cosa que suceda
no la olvidaré nunca. Pero los católicos del siglo XXX
pedirán cuentas a los del siglo XX de no haber sabido
comprender las necesidades de la sociedad de este tiempo.
- ¿Está
seguro V.R. de que habrá un siglo XXX? - preguntó Fray
Plácido, a lo que el otro no respondió. El viejo
continuó: - No es la Iglesia la que tiene que reformarse, si
quiere vivir; es la sociedad del siglo XX, que se muere de un mal que
los sabios llaman lucha de clases y que los teólogos llaman
envidia: propter invidiam diaboli… Los primeros siglos del
cristianismo fueron piadosos, pero tuvieron la enfermedad de la
Herejía. La Edad Media fue valiente, y tuvo la de la
Ambición. La Edad Moderna fue egoísta y se
enfermó de Envidia. Nuestra sociedad es hija de mala
madre: la Revolución Francesa, que pretendió enseñar
al mundo los derechos del hombre, y no se acordó de enseñarle
antes sus deberes.
[17]
Propone luego Fray Simón la
incorporación de los no católicos en una unión
sin Cristo.
El Orgullo y la Carne en el Camino
de la Apostasía
El profundo conocimiento histórico
y psicológico de Hugo Wast se muestra una vez más
cuando Fray Plácido, el anciano, le recuerda a Fray Simón
la apostasía de Jacinto Loyson. Fray Simón, seguro, le
manifiesta: “ese hombre arrojó los hábitos para
casarse con una mujer que se le acercó pretextando el deseo de
convertirse. Se trata de una aventura vulgar”. Y el anciano le
responde que la secuencia de la caída es a la inversa: primero
la rebeldía contra Roma que es el orgullo, luego la tentación
carnal que es su castigo:
Casi todas las apostasías –
repuso Fray Plácido – son aventuras vulgares, pero todos los
apóstatas creen que su caso es de enorme trascendencia para la
Iglesia. Todas las apostasías comienzan pretendiendo algún
bien espiritual, que se quiere imponer contra las reglas divinas. Al
principio el orgullo se oculta de mil modos, y sólo aparece
cuando se tropieza con la voluntad del Superior. Se produce entonces
la obstinación en el propio juicio y, como consecuencia, la
rebeldía contra la suprema autoridad. Y no bien se consuma la
ruptura definitiva, que suele ser resonante y aplaudida por el mundo,
vemos que Dios castiga al apóstata, permitiéndole caer
en esa aventura vulgar, para que se vean los pies de barro de aquella
estatua de oro.
Largo silencio
de ambos frailes.
[18]
Y más adelante agrega:
Aunque así
fuera –replicó el viejo fraile-, en el día del juicio
bendecirán su pusilanimidad. Los caminos de la apostasía
no son muchos: el orgullo, la carne, rara vez la codicia. Ese libro
de Loyson es un documento muy poco frecuente, porque es un diario
principiado antes de la apostasía, sin propósito de
publicación y continuado después. Y allí se ve
la diabólica filiación de las tentaciones. Unas
engendran a las otras. ¿Cuál fue la primera? ¿La
del orgullo o la de la carne? Yo creo que en Loyson fue la del
orgullo: lo marearon sus triunfos de orador, la popularidad inmensa
de sus sermones en Notre Dame, de París. Se creyó
un apóstol, y pretendió dirigir la Iglesia y
reformarla. [19]
El Patriarca Constitucional y la
Rotura de la Unidad
Han pasado más
de 65 años desde que Hugo Wast escribió esta obra
publicada en 1941. Ha tenido muchas anticipaciones de los
acontecimientos futuros que su novela ubica al fin del siglo XX,
sobre ellos me referí en otro lugar: [20]
materialismo y enfriamiento religioso, aumento del promedio de vida y
disminución de nacimientos, eutanasia, caos general,
feminismo, muerte de la metafísica, la ciencia y el arte y
crecimiento prodigioso de la técnica, resurgimiento del Islam,
creación del Estado de Israel, etc. En esta situación
de caos Martínez Zuviría anuncia un gobierno
anticristiano en la Argentina, que se apoya en una plebe
anarcomarxista. El “Progresismo” infiltrado en la Iglesia tiene
como otras herejías dos estrategias: la primera, que
encomienda a Fray Simón, es apoderarse de la Universalidad de
la Iglesia poniendo un antipapa. La segunda, por si fracasa la
primera, es romper la unidad con uno o varios cismas. Nuestro autor
ve en la Argentina un Patriarca Constitucional jefe de una Iglesia
Cismática. Éste, cuando el régimen
anarcomarxista está agotado y el pueblo lo repudia, trata de
salvarlo con una especie de “mesa de diálogo”:
En ese instante se presentó
monseñor Fochito, el patriarca constitucional de la Argentina,
revestido de las resplandecientes vestiduras purpúreas que él
había inventado para su uso y que el gobierno había
impuesto por ley. Sobre la cabeza arrogante, a pesar de sus ochenta
inviernos, asentábase la cuádruple tiara de los
patriarcas argentinos, prodigioso artefacto de oro que tenía
una corona más que la del Papa. Cada corona era de distintas
piedras y, según la original liturgia de la Iglesia argentina,
simbolizaba una de las cuatro virtudes fundamentales de sus jefes; la
primera, de topacios, por la fe; la segunda, de esmeraldas, por la
esperanza; la tercera, de rubíes por la caridad; la cuarta, de
esplendorosos brillantes, por la virtud magna de los ciudadanos: la
democracia.
¡Fe, esperanza, caridad y
democracia!
Monseñor Fochito había
sido fraile conventual hasta los cuarenta años, en que, a
pedido del Presidente Juan Pérez de Montalván, la Santa
Sede lo preconizó obispo de las Malvinas.
Cuando los anarcomarxistas se
apoderaron del gobierno y empezaron a quemar frailes y monjas,
monseñor Fochito, que no tenía vocación de
mártir, prestó el juramento constitucional que lo
apartaba de Roma y lo hacía incurrir en excomunión
mayor.
Patriarca de la iglesia argentina desde
hacía veinte años, aunque era viejo y no tardaría
en dar cuenta a Dios de cómo había apacentado sus
ovejas, ni su ambición de honores ni su codicia de riqueza
estaban saciadas, y vivía acechando las oportunidades de
acrecentar su influencia entre el pueblo y ante el gobierno.
Al saber que se conspiraba contra misia
Hilda, quiso salvar con su elocuencia a la riquísima dama.
Corrió al palacio a ofrecerse como mediador, y pidió a
la Presidenta que lo dejara exhortar a la multitud amenazante desde
la balconada de honor.
Velociter currit sermo ejus –
dijo, aplicándose a sí mismo lo que un salmo canta
de la palabra de Dios– Mi palabra será luminosa y veloz…
Vamos, mamá!
– repitió Rahab, viendo a su madre inclinada a permitir
aquel discurso que dilataba sus esperanzas -. No pierdas tiempo en
escuchar a este viejo chocho. [21]
El Papado
Una Historia del Papado
En la obra de Hugo Wast hay numerosos
aportes a una historia del Papado pero se destacan principalmente dos
libros: Don Bosco y su Tiempo; llamado en otras ediciones Las
Aventuras de Don Bosco y El Sexto Sello. El primero de los
nombrados es una hagiografía de San Juan Bosco y su relación
con el Papado, sobre todo con Pío IX enmarcado en una historia
de Italia y del siglo XIX que luego se continúa en Las
Aventuras del P. Vespignani.
El segundo libro proporciona un esquema
histórico–esjatológico del Papado sobre las profecías
atribuidas a San Malaquías.
Hugo Wast escribe este libro bajo el
pontificado de Pío IX y es emocionante la síntesis que
hace de la increíble y extraordinaria historia de la Dinastía
de Pedro “la más antigua y la más alta de la
tierra”. Se apoya para ello en el valor simbólico de los
lemas:
Lema 101 Crux de Cruce. (La Cruz
por la Cruz) Pío IX (1846/78)
Lema 102 Lumen in Coelo
(Luz en el Cielo) León XIII (1878-1902)
Lema 103 Ignis
Ardens (Fuego Ardiente) San Pío X (1902-1914)
Lema 104
Religio Depopulata (La Cristiandad Despoblada) Benedicto XV
(1914-1922)
Lema 105 Fides Intrepida (Fe Intrépida)
Pío XI (1922-1939)
Como Hugo Wast escribe El Sexto
Sello bajo el Pontificado de Pío XI lo que dice de los
lemas siguientes tiene más sentido anticipatorio y
esjatológico.
Merece citarse:
Lema 106 Pastor Angelicus que
correspondió a Pío XII (1939-1958). Lo que dice de este
extraordinario pontífice es reproducción de un artículo
del 25 de diciembre de 1936 escrito en el diario “La Nación”
de Buenos Aires, tres años antes del Cónclave que lo
eligió Papa:
“La profecía
llama al sucesor de Pío XI el Pastor Angelical (Pastor
Angelicus). En estos momentos hay un Cardenal en quien parece que
se concentrarían todos o casi todos los votos del cónclave,
si hubiera de realizarse una elección: el Cardenal Pacelli”
[22]
La esperanza de Hugo Wast se transformó
tres años más tarde en magnífica realidad
habiendo sido electo Papa el Cardenal Pacelli en uno de los cónclaves
más rápidas de la Historia, contra la expectativa de
las agencias noticiosas que hasta el último instante
demostraron a “sus” creyentes del mundo entero que Pacelli, por
ser Secretario de Estado del Papa fallecido ¡nunca sería
elegido sucesor! El mismo autor lo narra más adelante:
“¿Qué se anuncia para
después de Fides Intrépida?
La profecía llama al sucesor de
Pío XI el Pastor Angelical (Pastor Angelicus)
En estos momentos hay un cardenal en
quien parece que se concentrarían todos o casi todos los votos
del cónclave, si hubiera de realizarse una elección: el
Cardenal Pacelli.
Buenos Aires lo conoce. Lo ha visto en
inolvidables jornadas, y conserva de él la impresión de
que, si fuese elegido, no desmentiría su lema.
Además de la etimología
de su nombre (Pacelli), sugiere la idea de un pacificador y también
la de un apacentador (Pastor).
Esto fue escrito en 1936. No dejaron,
pues, de desconcertarnos las conjeturas que en vísperas del
cónclave se hicieron respecto a sus resultados.
Muchos acreditados corresponsales
periodísticos echaron a rodar por el mundo una noticia
desconsoladora: que el Cardenal Pacelli no figuraba entre los
papables, porque (aparte de otras razones) era práctica
inveterada el no elegir nunca Papa al Secretario de Estado del
Pontífice recién fallecido.
A pesar de tales vaticinios el Cardenal
Pacelli tenía de tal manera ganados los sufragios de todos los
cardenales, que resultó elegido en el cónclave más
rápido de los tiempos modernos.
Lo cual
demuestra que las vías de Dios, hasta cuando son más
claras, permanecen ignoradas de los hombres más sagaces, como
suelen ser los corresponsales de los grandes diarios
[23].
Respecto del lema De Gloria Olivae
(De la Gloria del Olivo) que correspondería al Papa
Benedicto XVI, Hugo Wast recuerda que el olivo designa con frecuencia
al pueblo judío en las Sagradas Escrituras. Por ello, estima
que puede ser una referencia a su conversión próxima.
Cita a varios autores que fundándose en la profecía de
San Pablo (Rom. 11, 25, 28) ubican este hecho antes o después
del reinado del anticristo.
Publicidad. Don Bosco y Pío
IX
El enemigo siempre ha tratado de
apoderarse de la estructura de la Iglesia Católica para sus
designios. Para ello nada mejor que imponer un Papa falso. Porque el
Papa Verdadero no puede defeccionar. Es la historia trágica de
los antipapas. Pero a partir de la Reforma Protestante cuando Lutero
saca de la cátedra de la Verdad al Papa y con él a la
Iglesia y pone en su sitio a la opinión pública, el
enemigo perfeccionó su estrategia. Este hecho singular de la
opinión pública creada por los medios masivos desde la
imprenta, hasta la televisión, ha puesto a todo el mundo bajo
la mirada anticristiana, que ocupa el lugar de la conciencia que era
la mirada de Dios.
Lo malo es que las mismas
comunicaciones internas de las instituciones han sido reemplazadas
por los medios masivos. Un católico común en general
recibe la información de lo que dijo el Papa o su Obispo, no
por un medio interno sino por la televisión.
Esto les permite a los medios emitir un
“papa de la publicidad” a partir del real pero distinto y aun
contrario al mismo para manipular las multitudes cristianas. Y aún
más, el personaje ficticio como una túnica de Neso
tratará de ser impuesto al propio Papa.
El genial Hugo Wast es el primero que
detecta esta situación cuando se refiere en el ya citado libro
Don Bosco y su tiempo a la orden de Mazzini de emborrachar de
popularidad al Papa Pío IX para poder controlarlo. El motivo
lo da un decreto de amnistía del Papa y las multitudes salen a
ovacionarlo gritando ¡Viva Pío Nono!.
Sólo Don Bosco se da cuenta de
la maniobra y les dice a sus discípulos: “no digan viva
Pío IX, digan ¡Viva el Papa!” ¡Pero oigamos
a Hugo Wast!:
”En el fondo de aquellas
manifestaciones de un pueblo que se dejaba caldear fácilmente,
existía la acción de las sociedades secretas. Mazzini
había creído descubrir en Pío IX un hombre
bondadoso y débil, y, por lo tanto, fácil de arrastrar
de concesión en concesión hasta irremediables
renuncias. E impartió la orden a la Joven Italia, la
tenebrosa secta fundada por él, de embriagar de popularidad al
Papa.
Cada salida de Pío IX a la calle
era objeto de manifestaciones desmesuradas.
La amnistía había abierto
las puertas de Roma a una multitud de conspiradores, que trabajaban
libremente al grito de “¡Viva Pío IX!”
Este grito había salvado las
fronteras y extendídose por Italia, y lo repetían los
diarios de toda Europa, y hasta hallaba eco en los Parlamentos
extranjeros.
En Turín el entusiasmo no era
menos que en Roma, y los católicos acompañaban aquel
grito de todo corazón.
Solamente los biricchini de Don
Bosco no gritaban “¡Viva Pío IX!” ¿Por
qué? ¿Acaso Don Bosco no amaba al Papa?
¡Ah, Don Bosco no era fácil
de engañar! Tenía un instinto rápido y seguro.
Sospechó de aquellos elogios a Pío IX en la pluma o en
los labios de escritores y de políticos acostumbrados a
insultar a la Iglesia romana. Y a través de las innumerables
leyendas que el mundo católico devoraba con fruición,
porque ponderaban la mansedumbre y el patriotismo de Pío IX,
adivinó la intención de seducirlo y de transformarlo en
el Papa carbonario, que desde los tiempos de Nubius anhelaban
las logias para destruir a la Iglesia.
Se equivocaron, porque desde los
primeros actos, dictados por la clemencia, el Pontífice
demostró una firmeza a prueba de todas las seducciones, y
empezó a subir su largo calvario.
Ya sabía Don Bosco que se
equivocarían, porque el heredero de Pedro tiene la promesa de
Cristo; pero, entre tanto, desbarató la intriga.
Sus biricchini un día
gritaban “¡Viva Pío IX!”, y él los
hizo callar.
No gritéis “¡Viva Pío
IX!” Gritad más bien ¡Viva el Papa!
La sorpresa se pinta en la cara de los
muchachos. Uno de ellos se atreve a preguntar:
¿Por qué quiere que
gritemos ¡Viva el Papa! solamente? ¿Pío IX
no es acaso el Papa?
Tenéis razón; pero
vosotros no veis más allá del sentido natural de las
palabras. Hay, sin embargo, personas que pretenden separar al
Soberano de Roma del Pontífice, al hombre de su divina
investidura. Alaban la persona, pero no entienden alabar la dignidad
de que está revestida. Nosotros, para estar seguros, gritemos:
“¡Viva el Papa!”
Y así,
desde entonces, hicieron los biricchini”.
[24]
La Iglesia de la Publicidad y P.
Meinvielle
Lo que Hugo Wast presentó en la
acción de una novela fue también preanunciado en 1970
por el Padre Meinvielle en su famoso libro “De la Cábala
al Progresismo” escrito en 1970, 30 años después
de la publicación de Juana Tabor. Veamos la hipótesis
eclesiológica de Meinvielle:
“Así
como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima,
y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede
reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucha más
modesta. Sabemos que el mysterium iniquiatatis ya está
obrando; pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo,
no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda
ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en
Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la
publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos,
sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice
de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel
a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos
y fieles que le sean adictos, esparcidos como “pusillus grex”
por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las
promesas, y no aquella primera, que pudiera defeccionar. Un mismo
Papa presidiría ambas Iglesias, que aparente y exteriormente
no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría
pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte,
profesando una doctrina intachable sería cabeza de la
Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos
equívocos y aun reprobables, aparecería como alentando
la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la
Publicidad”.
[25]
La Operación de Prensa y el
Ultimo Cónclave
El mismo tema de la publicidad que Hugo
Wast había vislumbrado en el S XIX lo vuelve a presentar en su
novela “Juana Tabor”, “666”, que se refiere a un
cónclave al fin del S. XX.
Los medios de difusión masivos
quieren en dicha novela imponer como Papa a Fray Simón de
Samaria y empiezan las operaciones de prensa para lograr un papa
argentino y las presiones de los “poderes imperiales”.
“Pero en esos cuatro días el
infierno había centuplicado su actividad y sus artimañas.
El noventa y nueve por ciento de la
publicidad mundial, dirigida por una invisible batuta, a toda hora y
en toda forma, por la radio, y los periódicos, y los
cinematógrafos, y los espectáculos, y los diarios, y
hasta lo que podía llamarse reuniones sociales, se puso al
servicio de una sola candidatura.
Otón V
había invitado, uno por uno, a los cardenales, para adobarles
la voluntad, asegurándoles que el Imperio quería
reanudar la tradición de Otón I, de proteger a la
Iglesia, para lo cual nada mejor que elegir un Papa dentro de las
corrientes modernas, aunque fuese necesario buscarlo fuera del
Colegio Cardenalicio” [26]
Mientras tanto Fray Simón sueña
como sería un ascenso al trono Pontificio y su programa:
Entre tanto, uno de los dignatarios del
Cónclave, precedido de la cruz pontificia, aparecería
en el balcón frente a la plaza y dejaría caer sobre la
muchedumbre y sobre el orbe entero aquellas palabras viejísimas
y solemnes: “Annuntio vobis gaudium magnum: habemus
Pontificem…”, y pronunciaría su nombre: “Simón
de Samaria”, y su título en la larga cronología de
los Papas: “Simón I”…
Después
vendría la adoración de los embajadores, luego los
generales de las órdenes religiosas, los soberanos, el
emperador y los reyes que hormigueaban en Roma y que se disputarían
sus audiencias. [27]
He aquí el Programa:
Desde sus primeros actos de gobierno
señalaría el espíritu de su reinado: reconciliar
a la Iglesia con la época. Reformaría la disciplina;
aboliría el celibato de los sacerdotes; reemplazaría el
latín por el esperanto; dispondría la elección
de los obispos por el clero, también la de los Papas por los
obispos y el clero; finalmente convocaría un concilio
ecuménico y promulgaría el dogma de los hombres libres:
declararía que el pueblo es infalible cuando se pronuncia
directamente mediante plebiscito, o indirectamente, por mayoría
de la mitad más uno de sus representantes.
Habiéndose difundido en Buenos
Aires la noticia de que un sacerdote argentino, el Superior de los
gregorianos, resultaría electo Papa, muchos católicos
acudieron a su convento a felicitar a los frailes.
Fray Plácido los recibió
al principio de muy mal talante y acabó por negarse a
atenderlos.
Sólo
Ernesto Padilla logró penetrar hasta la huerta y mantener una
larga conversación. [28]
Cuando Padilla le dice que están
tratando que el Papa sea elegido con anuencia del gobierno y del
pueblo, Fray Plácido le responde:
¡No permita el Señor que
vuelvan esas normas! Si en tiempos de fe tan ardiente y sencilla
causaron tantos trastornos, ¿qué sería ahora?
¿Se imagina usted a nuestro pueblo formando comités
para elegir un Papa? ¿Se imagina a los gobernantes ateos, que
nosotros conocemos, interviniendo en esa elección?
Padilla sonrió:...
Efectivamente – respondió el
fraile -. El primer antipapa, Ursino, fue elegido por el pueblo de
Roma y una parte del clero, en el año 396, para oponerlo a San
Dámaso, que acababa de ser electo por los obispos.
El Verdadero Papa
La novela continúa con la
elección del nuevo Papa Gregorio XVII elegido casi por
unanimidad a pesar de que había dado una severa advertencia al
Colegio de Cardenales un poco antes de la elección. Cuando
Fray Simón se entera de que no ha sido elegido Papa se
desmaya. Unas horas después le escribe al nuevo Papa:
Éste se recobró en pocas
horas y, sobreponiéndose a la herida de su amor propio, se
interesó por conocer en detalle los sucesos del Cónclave,
y acabó haciéndose esta consoladora composición
de lugar: si él hubiera sido cardenal, ciertamente no se le
habría escapado el triunfo.
Con tal pensamiento, escribió al
nuevo Papa, ofreciéndole su ferviente adhesión y
pidiéndole una audiencia para ir a besar su pie.
Tenía la seguridad de que el
Papa, no bien tuviera conocimiento de que él estaba en Roma,
lo invitaría a tratar, mano a mano, los graves problemas de la
Iglesia, y hasta le ofrecería un capelo, si es que no le
ofrecía la secretaría de Estado.
Y empezaron a correr para el mísero
Samaria horas mortales, sin que llegara la respuesta del Vaticano.
La reacción del heresiarca:
Ecumenismo falaz
Cuando finalmente le anuncian a Fray
Simón que sería recibido por el Papa dentro de una
semana con quinientos peregrinos sudamericanos. “Sintió una
puñalada en el corazón” y “Como un lobo atravesado
por una flecha, se arrinconó dolorido, y permaneció dos
días sin hablar ni ver a nadie”
Luego trazó un plan:
Hoy, duodécimo día de mi
estada en Roma. La Iglesia consiste en la unión de las almas
en la tierra y el amor en el cielo. Eso es la Iglesia de Jesucristo,
no la burocracia eclesiástica y la pompa fría y hostil
del Vaticano.
“Tres religiones han salido de la
Biblia: el judaísmo, el cristianismo, el islamismo; tres ramas
del tronco robusto del patriarca Jessé.
“Mi sueño es la unión
de esas tres religiones en una vasta Iglesia tolerante y
definitiva.
“A veces me despierto en la noche, me
siento en la cama, y oigo zumbar en mis oídos estas
misteriosas palabras: Levántate, sube a los techos de tu
convento solitario y arroja el grito que resonará en todo el
siglo XXI, que escucharán el Papa y la Iglesia Romana y
escucharán las Iglesias ‘reformadoras’ que no fueron
capaces de reformar a Roma, y escuchará el mismo Israel,
heredero directo de las promesas, y de donde saldrá la ley del
mundo y la palabra del Señor.
“Me siento más a mi gusto en
la milenaria Iglesia de Israel, que en la más moderna y
burocrática Iglesia del Papa.
“El judaísmo puede llegar a
ser la religión definitiva de la humanidad intelectual.
“¡Quién sabe si un día
yo, argentino de nacionalidad, católico de religión,
fraile de estado, no iré a sentarme a la sombra de la
Sinagoga, y adoraré, con Israel, al Dios de Moisés, que
se ha llamado a sí mismo: Yo soy el que soy!”
Se detuvo un rato, con la mano trémula,
aunque solamente sus ojos y los de Dios leerían lo que iba a
estampar:
“Me voy alejando de la Iglesia del
Papa, en la misma medida en que me acerco a la Iglesia de Dios.
“El
Apocalipsis no es la última palabra del Nuevo
Testamento. Debe ser completado por el Cantar de los cantares,
el Evangelio del porvenir: como un lirio entre las espinas es mi
amada entre las jóvenes”.
[29]
Y más allá:
Tomó de nuevo la pluma y repitió
en otra página algo que había escrito meses atrás.
“Una Iglesia con tres círculos
donde cupieran todas las almas de buena voluntad: 1º los
cristianos; 2º los judíos y los musulmanes; 3º los
politeístas y aun los ateos. Y en la que todos tuvieran el
derecho de alimentarse con la carne de Cristo. ¡Cuántos
milagros no operaría la gracia sacramental!
“Debería haber, pues, una
Iglesia para los que dudan y hasta para los que niegan, espíritus
profundamente religiosos, pero que no pueden dar formas positivas a
sus creencias y a su culto”.
El enemigo interno.
Contrario a los enemigos del pasado que
atacaban la unidad de la Iglesia creando un cisma, Fray Simón
quiere permanecer y coparla por dentro:
Pasó el resto del día
huyendo de la gente. No quería que nadie adivinase ni la
úlcera de su amor propio, ni el volcán de su corazón,
a cuya sima él mismo no osaba asomarse.
Corría por las calles donde se
amontonaban ciudadanos del universo entero y hasta reyes de todas las
naciones, que concurrían a adular al emperador.
Y se decía, casi a gritos:
“Quiero seguir siendo sacerdote de la Iglesia Romana. Siento que
tengo una misión dentro de ella; debo quedarme en ella, para
realizar cosas que no han sido pensadas, dichas, ni hechas hasta
ahora, cosas destinadas a preparar la unión de todas las
comuniones cristianas, de todas las religiones salidas de la Biblia,
en la grande y libre unidad de la Iglesia del porvenir”.
Siempre, después de una
explosión de sus resentimientos contra lo que llamaba “la
burocracia romana”, no osando todavía decir “el Papa”,
por un resto de devoción a la sagrada persona del Vicario de
Cristo, siempre caía sin advertirlo en un espasmo sentimental.
Sus cavilaciones formaban un amasijo extraño en que se
mezclaba la doctrina con la pasión. Los arranques líricos
sucedían a las interpretaciones teológicas, en un
mescolanza lindera con la blasfemia.
Fray Simón “el Papa argentino”
querido por la publicidad anticristiana terminará celebrando
una misa negra delante del Anticristo.
Conclusión:
Siempre es provechoso releer los
clásicos, Hugo Wast lo es y cada vez sus anticipaciones
escritas hace casi setenta años son más actuales.
Otro mérito grande es haber
creado un personaje literario universal como lo es Fray Simón
de Samaria.
Así
como, el genio inglés creó el Hamlet prototipo
de la duda que engendra la tragedia y el genio español creó
El Don Juan (el poder sin caridad y sin razón); La
Celestina (la ciencia sin caridad y sin fuerza) y El Quijote
(la caridad sin cordura y sin fuerza), [30]
Hugo Wast crea a Fray Simón de Samaria prototipo del hereje
modernista que cree que puede desvincular la Caridad de la Verdad,
cuando la Caridad no es otra cosa que la Verdad actuando.
“El amor y la verdad se
encontrarán,
la justicia y la paz se abrazarán;
la
verdad brotará de la tierra y
la justicia mirará
desde el cielo”. (Salmo 84)
Pero su mérito fundamental es
mostrar con lealtad ejemplar que la increíble dinastía
de los Papas, reproduce el tipo divino que creó Dios en Pedro.
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Rafael
Luis Breide Obeid
Fuentes:
-Rafael Luis Breide Obeid
-Arbil.org